En los años 50-60 del siglo pasado,
Una consecuencia
importante: no hay que tratar sólo al enfermo sino a toda la familia. Aparece
así la terapia familiar sistémica.
Una tercera vía, más actual, defiende una postura más ecléctica. El modelo psicoeducativo de terapia familiar admite en el origen de la enfermedad mental una doble causa: la genética (hoy hablamos de vulnerabilidad genética), pero también considera de suma importancia los factores ambientales y vinculares (familia, amigos, escuela, etc.) y por tanto los tratamientos se deben realizar en una doble perspectiva: farmacológica y psicoterapéutica.
En las últimas décadas ha aparecido un nuevo modelo de familia donde lo que se defiende es una mayor igualdad entre sus miembros, una mayor libertad, una mayor socialización y donde aparecen nuevas formas de convivencia.
La familia como conjunto puede favorecer o entorpecer la propia dinámica de sus miembros. En términos generales, podríamos afirmar que el entorno familiar puede jugar el papel de verdugo o de víctima. Con su hostilidad puede incrementar el sufrimiento del enfermo, o convertirse en su "paño de lágrimas", aceptando "heroicamente" las exigencias de la enfermedad. De cualquier manera, la familia nunca será un elemento insensible en el proceso curativo del enfermo, sino que, como un catalizador en una reacción química, tiene el poder de acelerar o retardar el final del proceso.
La familia sana no se distingue por la ausencia de problemas sino porque su bienestar se produce cuando se ha conseguido armonizar a todos sus elementos, respetando sus posibilidades y también sus limitaciones, pero sin olvidar las exigencias del propio grupo. En este difícil equilibrio entre las necesidades del individuo y del colectivo es donde puede florecer la salud mental de todos los componentes de la familia.

Padres e hijos debemos aprender a escuchar, no solamente a oír, a los otros. La familia sana es aquella que permite decir lo que siente y también recibir, sin descalificaciones, las opiniones de los demás. En este encuadre, todos los miembros familiares deberían tener como un sexto sentido para poder captar el estado de ánimo del que tiene junto a su mesa. Convivir no solamente es compartir habitación, sino estar alerta para detectar los pequeños y grandes sufrimientos del otro.
El diálogo es una manera de expresar una “escucha atenta”. Dialogar y negociar casi siempre van unidos. Este axioma se ve claramente en el diálogo con el adolescente.
La familia es esencialmente cambio, y por lo tanto, todos sus miembros deberán hacer un esfuerzo para adaptarse a las nuevas situaciones. Muchos conflictos se producen por la tendencia de algunas familias a permanecer ancladas en el pasado. En muchas ocasiones, la confrontación en la familia se produce precisamente por exigir a los demás según sus posibilidades reales. Comentarios como: “mira qué buenas notas ha sacado tu hermano...”, o “yo a tu edad estudiaba y trabajaba” deberían abolirse.
Decía la psicoterapeuta Virginia Satir que la familia sana se caracteriza
porque sus miembros tienen una autoestima alta, la comunicación es directa,
clara, específica y sincera, las normas son flexibles y se acomodan a la propia
evolución de cada familia y por último, mantiene un vínculo abierto y confiado
con la sociedad que le rodea.
http://www.laregionenlinea.com/index.php?option=com_content&view=article&id=16390:nueva-terapia-para-la-familia&catid=88:reflexion&Itemid=1360
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