
En otro orden de cosas, no es uno ni dos los niños y niñas que crecen con estos síntomas o parecidos. Son muchos, por desgracia, los niños y adolescentes sin rostro. Niños que no saben a quién seguir o a quién parecerse. Sólo encuentran modelos fugaces, como el héroe de la película o del programa de temporada. Crecen sin saber quiénes son y para qué viven, sin modelos de identificación. Las marcas de nuestros adolescentes son las de su ropa y calzado.
Este fenómeno social de niños sin rostro definido, no es menos alarmante que “el niño sin rostro” que fue noticia. Resultado de esta seudo pedagogía, que con frecuencia se lleva hoy, es el fenómeno del botellón y el de los alucinantes, las pastillas de diseño; una vida sin sentido, en búsqueda de sensaciones fuertes el fin de semana, que a veces terminan trágicamente.
Está demostrado que para ser y crecer como persona, no basta que el niño esté rodeado de cosas estimulantes y halagadoras. La persona del niño necesita de otras personas. El Yo necesita del contacto con el tú. El muchacho reclama acompañantes y guías para forjarle en su seguridad, en la confianza y en el aprecio a si mismo y a los demás. Alguien a quien imitar, como punto de partida, e ir configurando su rostro para llegar a ser él mismo. El niño de principio vive de prestado y aprende copiando.
Hoy se insiste en la educación en valores; pero los valores por si mismo, descarnados no atraen. Necesitan valores vividos, visualizados en las personas con las que convive. No necesita padres y maestros perfectos, pero sí imitables, que les orienten, en vez de lo contrario.

Teniendo buenos modelos que imitar, es como ellos alcanzarán a ser niños y personas con rostro, a ser ellos mismos.
Miguel Ros Gallent, Capuchino
Orientador Familiar del TE de Valencia
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