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domingo, 29 de marzo de 2015

La vida es eso que pasa mientras hacemos otros planes

Cuando me amé de verdad comprendí que, en cualquier circunstancia, yo estaba en el lugar correcto, en la hora correcta, y en el momento exacto, y entonces, pude relajarme.
Hoy sé que eso tiene un nombre… Autoestima

Cuando me amé de verdad, pude percibir que mi angustia, y mi sufrimiento emocional, no es sino una señal de que voy contra mis propias verdades.
Hoy sé que eso es… Autenticidad

Cuando me amé de verdad, dejé de desear que mi vida fuera diferente, y comencé a aceptar todo lo que acontece y que contribuye a mi crecimiento.
Hoy eso se llama… Madurez

Cuando me amé de verdad, comencé a percibir que es ofensivo tratar de forzar alguna situación, o persona, sólo para realizar aquello que deseo, aun sabiendo que no es el momento, o la persona no está preparada, inclusive yo mismo.
Hoy sé que el nombre de eso es… Respeto

Cuando me amé de verdad, comencé a librarme de todo lo que no fuese saludable: personas, situaciones y cualquier cosa que me empujara hacia abajo. De inicio mi razón llamó a esa actitud egoísmo.
Hoy se llama… Amor Propio

Cuando me amé de verdad, dejé de temer al tiempo libre y desistí de hacer grandes planes, abandoné los mega-proyectos de futuro. Hoy hago lo que encuentro correcto, lo que me gusta, cuando quiero, y a mi propio ritmo.
Hoy sé que eso es… Simplicidad y Sencillez

Cuando me amé de verdad, desistí de querer tener siempre la razón, y así erré menos veces.
Hoy descubrí que eso es… Humildad

Cuando me amé de verdad, desistí de quedarme reviviendo el pasado, y preocupándome por el futuro. Ahora, me mantengo en el presente, que es donde la vida acontece.
Hoy vivo un día a la vez. Y eso se llama… Plenitud

Cuando me amé de verdad, percibí que mi mente puede atormentarme y decepcionarme. Pero cuando la coloco al servicio de mi corazón, ella tiene un gran y valioso aliado.
Todo eso es… Saber Vivir

Charles Chaplin

Tus fuerzas son mayores que tus dudas y tu labor consiste en experimentar para estar al corriente de lo difícil que es sostenerse sin comprender la importancia de estos valores. No te engañes porque ya no te hace falta tener lo mejor y lo más último del mercado, hacer el viaje más caro, tener un éxito rotundo o conseguir el cuerpo ideal a golpe de bisturí.

John Lennon dijo una vez que “la vida es eso que pasa mientras estamos haciendo otros planes”, como si no hubiese límite de tiempo, cuando en realidad el tiempo es lo más finito que hay y siempre llegará a su fin.

Nos levantamos cada día como si tuviésemos la eternidad para comprender en qué consiste realizarnos y dar un paso más allá de nuestras metas. Se nos olvida que la fugacidad de la arena al pasar al otro lado del reloj es nuestra opción de pasarnos al otro bando y seguir escalando la montaña. También se nos olvida que de momento es la única vida que tenemos la certeza de poder compartir.

Puedes pararte a pensar en que quizás algo se te está escapando y puedes reflexionar sobre cuáles son los valores que todavía no has comprendido, si te importa tanto hacer lo que la sociedad entiende por lo más grande o lo que para ti tiene importancia. No es que sea incompatible, es que lo primordial es lo que tú sientas.

Vivimos en un mundo que no nos permite percatarnos de que, día tras día, el sol se acuesta muy temprano. Estamos tan ocupados soñando y programando el futuro, que dedicamos el tiempo presente a empaquetar esos sueños que pensamos cumplir algún día y los mandamos a un destino en el que quizás nunca estaremos.

Postergamos nuestra vida a un tiempo mejor en el que tengamos más horas en el día o hayamos conseguido cumplir nuestros objetivos. Y, con esto, nos olvidamos de que nuestro reloj no conoce el mundo más allá de las 24 horas que sabe marcar y que la opción de pelearnos con nuestros sueños es la que nos otorga el día de hoy.

Se nos ha olvidado que vivir es comprender que el tiempo pasa sin rodeos y que nos da la opción de apreciar las pequeñas cosas que nos ofrece amarnos de verdad. Precisamente vivir consiste en esto, en saber reconocer y apreciar los caminos que nos dan pistas para comprender que nuestra media naranja está dentro de nosotros y que no tiene mucho sentido buscar fuera lo más importante que nos brinda la vida.

Así es que, mientras te dispones a desorganizar tu mundo para que todo esto ocurra, no te olvides de tener muy presente que “la felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días“. Benjamin Franklin


miércoles, 18 de marzo de 2015

Vivir sanamente el pasado, el presente y el futuro

En la consulta de psiquiatría abundan dos tipos de pacientes: unos están anclados en el pasado y se sienten culpables por lo que hicieron o no hicieron; pero también existen los que se encuentran angustiados por el futuro propio o el de sus familiares: el trabajo del marido o de la mujer, la posible enfermedad de la madre, el fin de carrera de los hijos, son algunas de las preocupaciones más frecuentes.



El hombre no es solamente calendario

Dos historias de la vida cotidiana: Felipe está en tratamiento psiquiátrico por una depresión. Su discurso siempre es el mismo: recuerda con tristeza los años de infancia y juventud y los malos tratos que recibió de su padre alcohólico. Insiste: “Tengo la imagen de mi padre golpeándome con el cinto, que no me deja un instante”. Aunque ha conseguido una buena posición económica y social y tiene una familia con tres hijos maravillosos y se siente querido y valorado por su mujer, su pasado enturbia su presente. No puede ser feliz.

En el otro extremo se encuentra Antonia: siempre preocupada por lo que va a Todas estas vivencias ocasionan un gran sentimiento de ansiedad y no puede concentrarse en la lectura y últimamente ha comenzado a tener insomnio.
ocurrir. Su hijo de dieciocho años no sabe si encontrará trabajo, a su marido, que lleva veinte años en la empresa teme que le despidan (aunque por el momento no hay ningún dato que indique que eso pueda ocurrir) y además se encuentra en un continuo sobresalto por el temor a que pueda producirse un atentado terrorista.



Felipe y Antonia son dos maneras de existir en función del calendario; uno permanece en el pasado y la otra quiere adelantarse al futuro. Ambos no viven el presente sino que están o en el triste pasado o proyectándose con ansiedad en el futuro.



Pero lo decisivo y determinante no es lo que hemos pasado o lo que va a ocurrir sino la forma cómo cada uno de nosotros metaboliza los hechos pasados y se plantea los acontecimientos futuros. El hombre, pues, no es el resultado de un calendario, ni de un reloj, sino es el resultado de la manera que ha vivido o va a vivir los hechos de su existencia. Por esto podemos afirmar que una persona no se distingue por su pasado o futuro, sino por la manera de elaborar y metabolizar cada una de sus experiencias, tanto las positivas como las negativas.

Además, mal vive el pasado el que queda fijado a normas, valores y actitudes que no le ayudan a crecer sino a menguar. Aquí habría que recordar la aptitud de resiliencia, que toda persona tiene, que no es otra cosa que su capacidad para adaptarse a las pasadas, presentes y nuevas experiencias, en un intento por crecer psicológicamente.

El riesgo del pasado es que sea tan abrumador que paralice el presente o que
impida un presente saludable. Así lo describe gráficamente Ionesco en una de sus obras, donde un hombre compra un piso nuevo y lo llena de muebles viejos, que prácticamente no dejan sitio para caminar. Esto mismo ocurre cuando el pasado está omnipresente en el momento actual. Debemos, pues, aprender a seleccionar y saber soltar amarras para que el presente no se encuentre en el vacío (sin historia), pero tampoco paralizado por el pasado. 

Por esto, la mente humana, que es muy sabia, de forma espontánea reduce el pasado a varias anécdotas o acontecimientos más o menos importantes: la muerte de un amigo o familiar, el primer día del colegio o de la universidad, el primer amor, el nacimiento de un hijo, etc. Tenemos pues, una memoria selectiva y es una manera de transmitir, también, que el ser humano es algo más que un calendario (hechos, acontecimientos, fechas, etc.) pues de modo inconsciente ponemos un filtro a nuestras experiencias pasadas. En ocasiones, además, hipertrofiamos unas o descalificamos a otras dependiendo del momento presente.

Te sugiero, querido lector, que hagas una prueba e intentes recordar tu vida pasada de veinte, treinta, cuarenta o más años. El resultado será que todo se reduce a unos cuantos acontecimientos. Es lo que le ocurrió a un amigo mío, que cuando tenía unos treinta años comenzó un tratamiento psicoanalítico y en la primera entrevista el terapeuta le pidió que le relatara su vida. Este amigo me dijo: “Me quedé sorprendido que en poco más de media hora pudiera relatar toda mi existencia”.

Lo mismo ocurre cuando queremos anticiparnos al futuro. Nuestro gran miedo no es a morir, sino a envejecer: ir resbalándonos hacia un deterioro físico y mental. Pero la realidad es que si eso se produce será de forma paulatina y progresiva y no de forma súbita y sin posibilidad de adaptación. Aquí quiero recordar un pensamiento que se atribuye a Carl Jung y que ofrece la receta para esta situación angustiosa: “una persona teme envejecer en la medida que no vive realmente el presente”.

El peso del pasado
El pasado de cada persona es el soporte del presente. Es más: el pasado es
donde se fabrica el presente. Además cada pasado es intransferible: las experiencias, los hechos, las circunstancias que cada individuo ha vivido son irrepetibles y, además, propias. De alguna manera somos en tanto en cuanto hemos vivido, pero también en tanto en cuanto programamos nuestro futuro.

Sin embargo, aunque es cierto que no podemos vivir sin el pasado, no podemos quedarnos ‘enganchados’, como peces en una red, de las experiencias anteriores por muy traumáticas que hayan sido.

Los recuerdos, pues, como parte de nuestra existencia deben estar presentes en cada momento, pero no pueden ser las únicas fuerzas para seguir viviendo. “De recuerdos no se vive” se suele decir, pues provocaría anquilosamiento y retroceso psicológico. Es más, si eso ocurriera nos podría ocurrir lo que la Biblia relata de la mujer de Lot, que se convirtió en estatua de sal, es decir, que nos podríamos quedar petrificados en el pasado, sin opciones para progresar y crecer.

Vivir sanamente el pasado es rescatar aquellas experiencias que han servido como trampolín para el crecimiento psicológico y rechazar aquellas otras que han sido traumáticas y no han podido ser metabolizadas y aprovechadas para conseguir un equilibrio saludadable.

El peso del futuro
Sin futuro, no habría presente; el presente tiene un pasado pero necesita un futuro. Sin futuro dejaríamos de existir. Ahí reside la fuerza, pero también el riesgo del mañana: debe ser acicate para seguir viviendo, pero no causa de angustia como ocurre cuando el sujeto quiere como atrapar lo que va a ocurrir. Es lo que le ocurre al padre o a la madre que sienten angustia por el devenir de los hijos, en un intento por controlar lo incontrolable: su trabajo, pareja, número de hijos, etc.

Tampoco podemos contemplar el futuro como fin de los problemas del presente: “Esto se solucionará cuando tenga un piso, consiga un empleo estable, me case o tenga un hijo”, se suele decir para amortiguar la angustia presente. Pero la dura realidad es que esa es una manera de hipotecar nuestra felicidad con situaciones que a lo mejor no se producen, e incluso el hecho de que se produzcan no garantiza nuestro bienestar. Es una forma de paliar nuestro malestar presente poniendo la solución en el futuro o en la otra vida (el cielo como recompensa).

Vivir sanamente el futuro no es compatible con una programación exhaustiva y hasta el último detalle del mañana, sino más bien partiendo de un proyecto abierto ir desarrollando todo el recorrido como si de una larga escalera se tratara, con peldaños de diferentes alturas, hasta llegar al último piso: la felicidad.

Vivir sanamente el presente
Se pueden distinguir tres formas patológicas de vivir el tiempo: la persona depresiva se siente invadida por la culpa del pasado y el miedo al futuro; la persona ansiosa quiere adelantar el futuro y parece como si le faltara tiempo para realizar las tareas cotidianas y la persona maníaca pretende transformar el presente: su euforia y alegría desbordante es una manera de huir de la situación angustiosa del momento actual. La normalidad se encuentra en ser capaz de armonizar esos tres instantes: pasado-presente-futuro.

Es cierto, como afirma Rollo May, que el hombre tiene el poder de “mirar antes y después” para tomar conciencia de sí mismo. Así, si tengo que ir a una entrevista de trabajo, es bueno que ensaye antes lo que voy a decir (futuro) y que tenga en cuenta experiencias parecidas anteriores (pasado). Pero estas vivencias pasadas no son determinantes para la actualización presente: así no podemos ampararnos en que nuestra familia de origen fue un caos (padre alcohólico, malos tratos, graves problemas económicos, etc.) para justificar los actuales resultados académicos o la mala relación de pareja. Tampoco el futuro puede invadir de tal manera nuestras vidas que nos bloquee, ya que esa angustia es estéril por doble motivo: no sirve para resolver el problema (pues aún éste no se ha producido) y además está produciendo angustia que lo único que genera es más angustia.

Veamos un caso frecuente de la vida cotidiana. Recuerdo que cuando me estaba sacando el carnet de conducir mi escena temida era que tuviera un pinchazo, en plena noche de invierno y en una carretera desértica. ¿Cómo solucionar ese problema? La realidad es que, después de casi treinta años de conducir, he sufrido varios pinchazos, pero ninguno en la situación temida; y lo más curioso es que siempre he encontrado alguna solución: un taller mecánico próximo, la ayuda de un buen samaritano y en el último pinchazo yo mismo me decidí a cambiar solo la rueda. El futuro se había hecho presente pero entonces mi mente se puso en movimiento y encontró una buena salida. La moraleja de todo esto es que, cuando el problema futuro se hace presente, siempre tenemos más recursos personales y psicológicos para solucionarlo que cuando simplemente lo fantaseamos. Y esto se puede aplicar a una enfermedad, al despido del trabajo, a la muerte de un ser querido y a “los mil y un problemas” que imaginamos, pero cuando se producen, las consecuencias no son tan letales.

También para vivir sanamente el presente debemos considerar de manera individualizada los diferentes problemas y no vivirlos de forma global como un todo: la enfermedad del marido, el bajo rendimiento académico de un hijo, los problemas laborales y un largo etcétera pueden estar presentes en nuestras vidas. La única salida válida es lo que ya se recoge en la célebre frase de Julio César: “divide y vencerás”, es decir hay que fragmentar los problemas e intentar soluciones parciales, no globales.

Además no debemos contemplar el futuro como si fuera el cuento de la lechera de Samaniego, al revés. Es decir, existen personas que se sienten dominadas por pensamientos muy pesimistas en los que van encadenando acontecimientos negativos hasta llegar a la enfermedad terminal, la ruina o la muerte. Por ejemplo piensan: voy a tener un accidente y perderé las dos piernas y entonces no podré trabajar y mis hijos se morirán de hambre y mi única salida será el suicidio. Esto es el cuento de la Lechera, pero al revés, pues el final no es el éxito sino el fracaso.

ALEJANDRO ROCAMORA BONILLA
Psiquiatra, catedrático de Psicopatología y Cofundador del Teléfono de la Esperanza.

Fuente:http://www.cuidatusaludemocional.com/2015/03/vivir-sanamente-el-pasado-el-presente-y-el-futuro.html


viernes, 22 de agosto de 2014

HIJO DE MI PASADO; PADRE DE MI FUTURO

Con frecuencia nos quejamos de nuestra biografía: posiblemente no hemos tenido los mejores padres del mundo (los más sabios, los más inteligentes, incluso ni los más guapos, etc.) o la vida nos ha zarandeado, como un barco en plena mar en una terrible tormenta, o nuestro paso por la escuela fue como una mala pesadilla o nuestra salud está hecha trizas (como un jarrón arrojado al suelo), o nos han diagnosticado una enfermedad que nos incapacita para realizar las labores cotidianas, o el amor nos ha sido esquivo, es decir, nuestra felicidad pareciera que se escapara como el agua recogida en una cesta. Todo esto y más nos ha podido pasar. Eso no lo podemos cambiar: ni tener otros padres, ni otros profesores, ni otro cuerpo más sano, ni nuestros fracaso ante el amor. Eso es pasado.

Pero sí podemos construir nuestro futuro: teniendo una actitud más solidaria con los otros y con nosotros mismos, más creativa, más comprensiva, más humana. Todo eso depende de cada uno de nosotros. Una actitud positiva ante la vida nos puede iluminar la oscuridad más densa. Por esto, V. Frankl, creador de la logoterapia, que estuvo varios años en un campo de exterminio judío, nos dejo su legado de la necesidad de encontrar sentido incluso en las situaciones límites de la vida: muerte, enfermedad y sufrimiento.

No creo en el determinismo. El ser humano puede cambiar, al menos su actitud ante su propia existencia. Es falso pensar que todo depende de nuestra biografía, o de nuestra herencia genética o del entorno donde hemos vivido. Todo eso puede condicionar, pero no determinar. Ante todo el ser humano es libre para elegir su actitud ante su existencia.

El propio Erich Fromm, comparó  a la vida con una partida de ajedrez. Es cierto que es importante para ganar  hacer una buena “apertura” (comenzar de forma saludable la vida de cada sujeto) pero en el caso que hagamos una “mala salida” (familia disfuncional, contexto social adverso, etc.) también podemos ganar la partida. Será más difícil, pero no imposible.

Por esto podemos afirmar que “somos hijos de nuestro pasado, pero no esclavos de ese pasado y sobre todo que podemos ser padres de nuestro porvenir” (Jerónimo Acevedo).

ALEJANDRO ROCAMORA BONILLA
Psiquiatra-Cofundador del Teléfono de la Esperanza