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jueves, 2 de febrero de 2023

Estoy bien, el grito emocional más común

Una de las respuestas más comunes que solemos oír, cuando le preguntamos a alguien cómo le va todo, es el clásico "estoy bien". Es necesario estar alerta ante estas dos palabras, porque a menudo, esconden una buena dosis de angustia emocional, esa que muchos intentan ocultar.

Estoy bien, no pasa nada. Este conjunto de palabras esconden un mensaje enfrascado que no siempre advertimos, pero que, sin embargo, puede contener realidades bastante serias. Así, tras ese cotidiano «¿cómo estás?» muchos evitan dan una respuesta sincera porque se han habituado a enmascarar el dolor emocional, esforzándose en mostrar una imagen de resuelta normalidad.

Lo más recomendable en todos los casos es atrevernos a ser sinceros. Esconderse en las caracolas de nuestros sufrimientos personales crea costra, nos hunde capa a capa en un peligroso estrato donde asumir que nadie puede comprendernos y, por tanto, tampoco ayudarnos.

Un ejemplo, hace unos años la Fundación de Salud Mental de Reino Unido realizó una encuesta para saber cuántas veces solía pronunciar la población la clásica expresión «estoy bien».

Los resultados a los que llegaron fueron los siguientes: son 14 las veces que decimos en voz alta dichas palabras por semana. Asimismo, de la muestra analizada, solo un 19% decía sentirse realmente bien y por tanto, responder con sinceridad. El resto no solo recurre a esa muletilla por mero formalismo social, además, admiten que desvelar a los demás sus emociones, problemas y malestares les resulta tan incómodo como poco oportuno.

Si la Fundación de Salud Mental de Reino Unido llevó a cabo este estudio fue por una razón muy concreta. Los índices de depresión aumentan cada año, y no solo eso, se está llegando a un punto donde a gran parte de la población le cuesta mucho hablar sobre sus preocupaciones y malestares psicológicos con los demás (incluidos amigos, familia, etc.).

«El bienestar de cada uno está encerrado en el bienestar de todos».
-Hellen Keller-


¿Por qué insistir en que estoy bien si no es verdad?
Lo hacemos una y otra vez. En nuestras interacciones cotidianas rara vez falta el ya clásico ‘»Oye, ¿Cómo estás? Pues estoy bien, gracias». Podríamos decir que estas frases se han convertido en poco más que un convencionalismo social o incluso en un hábito falta ya de valor. Ahora bien, ¿quiere decir esto que, si el cartero o el vecino o la cajera del supermercado nos pregunta cómo estamos, debemos explicarle con detalle qué pasa por nuestras cabezas?

La doctora Abigael Saint, autora que ha participado en el trabajo antes citado, señala que debemos encontrar un término medio. Es necesario dejar de mentir, haciendo creer que todo está bien cuando no es así. Se trataría, por tanto, de recurrir a una ‘media verdad’ con esas personas que no forman parte de nuestro círculo cercano. Expresiones como ‘ahora mismo no muy bien pero esto se pasa o he tenido días mejores’ crean una interacción social un poco más auténtica.
  • Hacer uso de una adecuada higiene emocional donde compartir con otros nuestras preocupaciones media en el bienestar.
  • Es necesario concienciarnos de algo: es prioritario promover una interacción social donde poder hablar sin miedos o reticencias sobre nuestro estado emocional con quienes nos rodean. De ese modo, realidades como la depresión, dejarían de ser un estigma.
  • Algo que señalan los expertos es que nos estamos convirtiendo en una humanidad ‘hermética’. ¿Qué significa esto? Básicamente que nos cuesta muchísimo abrirnos a los demás en materia psicológica. A día de hoy, esto es algo que se ve con frecuencia en nuestros adolescentes.

No sé expresar mis emociones, no sé cómo hablar de lo que me ocurre
En la encuesta citada al inicio se nos señala que más del 75% de la población admitió que les resulta muy difícil expresar sus emociones. Saben que hay algo ahí, algo que duele, que enturbia su día a día; es un estado interno tan complejo que no saben cómo empezar a compartir con alguien.

Así, tras el «estoy bien» puede hallarse la sombra de algún trastorno del estado de ánimo como la depresión. Esos malestares psicológicos se transforman en cajas de resonancia que nos dejan atrapados. No todos saben cómo abrirse a los demás,  porque como bien sabemos, es difícil poner nombre a los sentimientos y dejar ir ese ovillo complejísimo que altera la calidad de vida.

Si preguntamos a alguien «¿cómo estás?» vayamos más allá de las palabras
La responsabilidad por no buscar ayuda por parte de quien sufre no es solo suya. A menudo, quien lo pasa mal ha dejado de pensar de manera razonable y vive en piloto automático. No ve salidas, desconfía y hasta puede asumir aquello de que «nadie puede ayudarme». Nosotros, como amigos, como padres, hermanos, vecinos o simples compañeros de trabajo debemos estar más alerta a la hora de detectar la angustia en los demás.

Por ello, ante la clásica pregunta de «¿cómo estás?» y la respuesta «estoy bien», deberíamos ser capaces de ir un poco más allá. Nunca está de más intuir qué expresa ese rostro, ese tono de voz, esos movimientos.

En caso de intuir cierta contradicción, no caigamos en expresiones como «¿seguro? Pues la cara que llevas no dice eso'» Lo más acertado en estos casos sería: «quiero que sepas que si en algún momento necesitas algo, puedes contar conmigo. Si quieres hablar, aquí estoy».

Para concluir, ahora que tenemos claro que tras el «estoy bien» hay muchas necesidades ocultas, intentemos mantener conversaciones donde promover la conexión emocional, ahí donde poder hablar sobre temas de salud mental e ir normalizando estas realidades, a menudo tan descuidadas en nuestra sociedad.

Fuente: https://lamenteesmaravillosa.com/estoy-bien-grito-emocional-comun/
Autora: Valeria Sabater, psicóloga.

sábado, 13 de marzo de 2021

Qué puede hacer la familia de un depresivo para ayudarle

Que la depresión es una enfermedad que causa mucho sufrimiento es algo que testimonian todos cuantos la han padecido. También quienes, por razones de su profesión, les acompañan en ese doloroso proceso. La importancia que, en tales circunstancias, adquiere la familia como elemento de contención merece ser destacada. En medio de la experiencia de desconcierto, de estrés y, frecuentemente, de impotencia ante el sufrimiento en el que se debate la persona querida, se convertirá en un valiosísimo instrumento de ayuda si sabe controlar la ansiedad y actuar siguiendo las pautas que, de acuerdo a lo que recomiendan los expertos, son las más indicadas en el trato con las personas que adolecen de una grave depresión. Subrayaré algunas de ellas:

1.- Ponerle en manos de profesionales.
La depresión es una enfermedad grave. La intervención terapéutica sobre el deprimido no puede dejarse en manos de aficionados que, con indicaciones, a veces, contraproducentes, creen poder sacarle del pozo de desolación en el que se siente hundido. El principio de la sanación pasa por persuadirle de que precisa la intervención de especialistas en psiquiatría o en psicología. Convencerle, no siempre resultará fácil, pero es absolutamente imprescindible. El tacto y la delicadeza con que realicen esa tarea contribuirán a vencer resistencias y superar recelos. En cualquier caso, la familia deberá mostrarse persistente a este respecto, dispuesta siempre a acompañar al enfermo a la consulta médica y no oponerse, si así lo aconsejan los profesionales, a su internamiento.

2.- Ayudarle a aceptar la enfermedad.
Nadie es culpable de padecer una enfermedad. Cuando ésta se instala en una casa, tanto quien la sufre como quienes le rodean quedan profundamente afectados. Es difícil para la persona enferma aceptar su condición de tal. Tampoco es fácil para el resto de la familia. Sin embargo, el principio detodo proceso terapéutico pasa por asumir esa situación. Reconocer el hecho, aceptar las limitaciones que supone para el enfermo y para su entorno, reevaluar la relación emocional que se mantiene con él, modificar las expectativas que pudieran tenerse y ayudarle a que, tras el natural periodo de negación, tristeza o rabia, acepte lo que no está en sus manos evitar. Si eso se consigue y se mantiene el propósito de colaborar con los expertos en salud mental, se habrá entrado en la vía que conducirá a aminorar las consecuencias de la enfermedad.

3.- Estar a su lado.
Quienes nunca hemos experimentado un episodio depresivo tenemos dificultades para entender el grado de sufrimiento, desamparo y pérdida de sentido en que queda sumido el depresivo. No necesita piadosas recomendaciones, ni constantes invitaciones a que levante el ánimo o a que ponga más de su parte. ¡Cómo si eso fuera algo que depende de su voluntad!... Necesita de personas empáticas que no le juzguen, que le muestren comprensión, que, sencillamente, sepan estar a su lado.


4.-Respetar sus silencios.
Y hacerle llegar que se es consciente de su pesar y se está dispuesto a ayudarle. Disposición a escucharle, si quiere hablar, y comprensión y respeto, si prefiere guardar silencio. Sin olvidar que la tendencia al aislamiento y la dificultad comunicativa forman parte de la sintomatología del depresivo. Es absurdo presionarle para que se muestre expansivo o sociable como si eso fuera algo que estuviera a su alcance. Esas actitudes le tensionan y le hacen sentirse más solo ante la evidencia de que quienes le rodean no parecen percatarse de las limitaciones que le impone su enfermedad y del profundo dolor que las mismas le producen.

5.- No pedirle explicaciones.
Sencillamente, porque no las puede dar. Tampoco él sabe qué le pasa. Exigírselas es una torpeza que le provocará irritación. Y que reforzará su convicción de no ser entendido. Demandar explicaciones racionales para algo que nada tiene que ver con la razón, no es, si se me permite la redundancia, nada razonable y refuerza al depresivo en su experiencia de profunda soledad. Lope de Vega que sufrió graves depresiones, dice: “Si me preguntase a mí mismo qué mal tengo, no sabría responderme, por mucho tiempo que lo pensase”.

6.- Huir de los consejos.
Las invitaciones a que se anime, a que ponga de su parte, a que salga, a que se divierta, a que participe en actividades… son indicaciones condenadas al fracaso. Simplemente, porque no está en sus manos seguirlas. Refiriéndose a su experiencia terapéutica, recordaba el Dr. Vallejo Nájera que casi todos los que han padecido una depresión referían, pasado el tiempo, la angustia que les producían esas consignas dictadas por la buena fe de sus allegados. Sin entender que el bloqueo que sufre le lleva a ver cualquier tarea, por rutinaria o nimia que parezca, como una carga abrumadora.

7.- No presionarle.
De ahí la importancia de evitar consignas en ese sentido. La depresión, ya lo dijimos, no es algo que se elija. Tampoco algo cuya superación dependa de la libre voluntad. Insistirle para que se comprometa con actividades con las que no se siente cómodo resulta contraproducente. Lo explica gráficamente, de nuevo, Vallejo Nájera: “La depresión imposibilita para el disfrute de nada. Si le lleva a una película cómica, ‘le llevé para ver si se reía un poco’, sólo percibirá el enorme esfuerzo que le cuesta salir de casa, que no es capaz de seguir la acción del film porque se fatiga su atención, que los demás ríen y el permanece indiferente y que tiende a ensimismarse dando vueltas a sus negros pensamientos sin atender a la proyección. Si ocurre esto en algo pasivo y agradable como ver una película cómica, podemos deducir cómo queda aplastado si se le obliga a acudir al trabajo, a enfrentarse con un problema o una ardua tarea para la que se siente incapacitado”.

8.- Trasmitirle esperanza.
La vivencia depresiva es, lo venimos diciendo, difícilmente definible. La pena, la desesperanza, la angustia, la desgana, la sensación de impotencia se amalgaman en lo más hondo del alma y hace que quien experimenta tan desasosegantes emociones, se perciba como en un callejón sin salida, como en una oscura mazmorra de la que jamás podrá ser liberado. Quienes le son más próximos siempre podrán ofrecerle una pizca de esperanza. Y hacerlo con legítima coherencia persuadiéndole de que, aunque en esos momentos no pueda entenderlo, sí que hay salida de esa cárcel y luz al final de su túnel. La depresión es una enfermedad tratable y quien sigue las pautas que le marquen los profesionales puede abrazar la legítima esperanza de que llegará la mejoría.

9.- Reforzarle positivamente.
Rasgo relevante del depresivo es su déficit de autoestima. Tiende a ignorar sus luces y a recrearse en sus sombras, a recordar sus fracasos y a pasar por alto las ocasiones en que le sonrió el éxito, a destacar sus defectos y subrayar sus debilidades, obviando sus virtudes y los méritos contraídos a lo largo de su vida. En tales circunstancias, el papel de la familia es clave para resaltar sus cualidades, poner en valor las múltiples capacidades que atesora y, por encima de todo, lo mucho que, a pesar de las dificultades del momento presente, él o ella significan para quienes tanto les quieren.

10.- Cuidarse a sí mismo.
Una última consideración. Convivir con el depresivo es todo menos fácil. Los estados anímicos son, a poco que uno se descuide, contagiosos. Cuando son negativos tienden a generar, en su entorno, vivencias profundamente dolorosas y emociones contradictorias de difícil manejo. Cuidar a un depresivo es un desafío no menor para el que hay que saber prepararse y ante el que uno debe protegerse. No es fácil convivir y cuidar de alguien que se ha instalado en la tristeza, que puede tener comportamientos no fáciles de entender y con quien la comunicación es siempre complicada.
En tales circunstancias convendrá hacerse cargo de las preocupaciones y sentimientos de los distintos miembros de la familia, prestarse apoyo mutuo e intentar controlar las situaciones generadoras de estrés. La atención al deprimido no puede absorber todos sus recursos afectivos de manera que se descuide el “autocuidado” de todos y cada uno de los integrantes de la familia. Es un grave error dejarse atrapar por el duro oficio de cuidador, eliminando espacios en los que se puedan atender las propias necesidades. Quien no sabe cuidarse difícilmente podrá ser un buen agente de ayuda. Acabará culpabilizando al enfermo, perpetuando la situación de la que pretendía liberarlo. Velar, pues, por uno mismo, lejos de ser una expresión de egoísmo, constituye siempre una garantía de eficacia en el tratamiento del familiar enfermo.

Autor: JOSÉ MARÍA JIMÉNEZ RUIZ
Terapeuta familiar y vicepresidente del Teléfono de la Esperanza

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Cómo ayudar a una persona deprimida

Pedro tiene 60 años y su mujer, 58. Ella padece una depresión desde hace varias décadas. Fundamentalmente ha seguido un tratamiento farmacológico, pues siempre se ha negado a un tratamiento psicoterapéutico. Pedro se siente agotado por esta situación:

“Cuando llego a casa y encuentro a mi mujer deprimida, en la cama, se me cae el mundo encima. No sé cómo comportarme con ella: si le animo para que salga de casa dice que no le comprendo, pero si le dejo hacer lo que quiere, cada vez se hunde más en su tristeza... Temo que voy a terminar como ella”.

Pedro es uno de esos miles de familiares que conviven con un enfermo de depresión y que se sienten desorientados porque no saben cómo ayudar a una persona deprimida. Son los personajes secundarios del drama de esta enfermedad, que a veces pasan inadvertidos e ignorados incluso para los profesionales (psicólogos y psiquiatras). Son también una minoría que precisan de nuestra atención.

Cuando alguien está deprimido, provoca que su estructura familiar se tiña de tristeza y melancolía, y que los más allegados se sientan confusos ante esa nueva experiencia. Es difícil comprender, como es el caso de Pedro, que una familia tenga de todo: salud, buena posición económica, unos hijos encantadores y, sin embargo, aparezca el fantasma de la depresión, pues la enfermedad depresiva no se explica con razones, ya que es una alteración del mundo emocional, y por eso la única aproximación válida a las personas deprimidas es la comprensión y el afecto.

La depresión crónica puede crear una gran tensión en los allegados y, consecuentemente, producir hostilidad, irritabilidad y, en el peor de los casos, culpabilidad. Existen numerosas familias que, como el protagonista de nuestra historia, Pedro, necesitan de un alto grado de paciencia, tacto y generosidad para crear un clima acogedor para que el enfermo no se hunda en su propia tristeza.

como ayudar a una persona deprimidaPor eso, mantener el equilibrio entre las demandas de la persona deprimida y las propias necesidades de los familiares es difícil, pero imprescindible para no sentirse arrastrado por el torbellino de la depresión. Es preciso, pues, mantener una “distancia amorosa” con el enfermo. No podemos caer en la trampa de los juicios negativos del familiar deprimido (referido a sí mismo, al futuro y al mundo circundante), sino relativizar esos comportamientos, y contemplarlos como fruto de la propia enfermedad.

La familia puede ser el motor que posibilite la recuperación de la persona que padece una depresión. Para conseguir esto, la familia debería actuar en cuatro dimensiones: detectando los síntomas, conteniendo la angustia, acompañando al paciente deprimido y favoreciendo la adherencia al tratamiento.

# 1.- Detectando los síntomas de la depresión

Así como una enfermedad física se puede diagnosticar por sus síntomas: dolor, fiebre, malestar general, mareos, etc., la enfermedad depresiva también se puede detectar a través de síntomas y comportamientos más o menos encubiertos. Cuanto más atentos estemos a la conducta de nuestros allegados, antes podremos observar si existe algún indicio de depresión y de esta forma posibilitar un tratamiento inmediato.

En general, se puede decir que la depresión se manifiesta por síntomas fisiológicos y psíquicos, mantenidos al menos durante un mes (insomnio, falta de apetito, pérdida de la atención y concentración, etc.), pero sobre todo por alteración de la esfera afectiva. Son ‘señales de humo’ (síntomas) que nos indican que hay ‘fuego’ (depresión).

Los familiares pueden servirse de las tres preguntas del test que se emplea para saber si una persona está deprimida. Es decir, si la respuesta a las tres preguntas es afirmativa, podremos al menos sospechar de la posibilidad de una enfermedad depresiva y consultar a un profesional de la psicología. Las tres preguntas en cuestión son las siguientes:

→  Durante el pasado mes, ¿has sufrido con mucha frecuencia la sensación de estar triste o desesperado?

→  Durante el pasado mes, ¿has sufrido, de manera continua, pérdida de interés o del placer que le provocaba realizar ciertas actividades?

→  Durante el pasado mes, ¿has pensado o has sentido deseos de dejar de vivir?

Es evidente que todos los miembros del sistema familiar deben estar atentos a los cambios que se pueden producir en alguno de sus miembros, pues de alguna manera todos se pueden beneficiar del bienestar del resto. Lo que no es aceptable es negar la evidencia (graves síntomas de tristeza, ideas de muerte, falta de conexión con las situaciones y actividades que antes producían placer, etc.) No porque se niegue el problema se soluciona. Para ilustrar esta idea podemos recordar la fábula de la zorra y las uvas de Esopo.

Moraleja: no podemos descalificar ni negar todo aquello que no podemos conseguir. Negando la realidad (las uvas eran grandes y jugosas), no con ello saciamos nuestra necesidad. De la misma manera, negando que nuestro familiar tiene comportamientos anómalos (tristeza, falta de concentración, apatía, etc.), no por ello va a estar bien.

# 2.- Conteniendo la angustia del deprimido

El Diccionario de la Real Academia Española define la contención como “acción de contener; siendo contener reprimir o sujetar el movimiento o impulso de un cuerpo, y, de forma figurada, reprimir o moderar una pasión”.

En el encuadre terapéutico, la contención “es el proceso mediante el cual podemos percibir la ansiedad (propia y ajena), notar que remueve en nosotros viejos conflictos, pero no pasar directamente a la acción".

Es decir, en nuestro caso, las familias contienen en tanto en cuanto evitan que las personas deprimidas se descompensen y que ellas mismas no se desborden al convivir con un familiar deprimido. Por eso podemos afirmar que la contención tiene un doble objetivo: respecto al enfermo identificado y respecto al resto de la familia.

Contener es algo más que ser un mero receptáculo del sufrimiento del otro. No es solamente ‘tragarse’ el conflicto del familiar con depresión. Es lo que hacemos cuando, desde una “posición de sanos”, criticamos las conductas, damos consejos o soluciones enlatadas. Algo así como 'vender un producto' sin ninguna connotación emocional o afectiva. 

En muchas ocasiones, lo que esconde esta actitud es nuestra propia fragilidad y falta de empatía para comprender el sentimiento del familiar deprimido. Por eso, una adecuada contención parte del propio conocimiento de nuestro familiar (de sus posibilidades y sus límites) y de darle la oportunidad para que explique de manera tranquila, clara y sin meterle prisa toda la dimensión del problema, permitiéndole la expresión de sus sentimientos más negativos, aunque esto nos produzca angustia.

Por nuestra parte, evitaremos responderle con los tópicos como “esto se pasará muy pronto”, “debes poner de tu parte” o “sal y distráete”, de uso tan frecuente.

Es recomendable que, durante el episodio depresivo, el enfermo evite tomar decisiones importantes (separarse, cambiar de trabajo, etc.), dado que la posibilidad de equivocarse es muy grande. En esas circunstancias, la persona deprimida, inmersa en su sentimiento de tristeza, no está en la mejor posición para elegir la alternativa más adecuada.

Y, en todo caso, dependiendo de la gravedad de la situación, le aconsejaremos consultar con un profesional de la salud mental (psicólogo o psiquiatra).
como ayudar a una persona deprimida

# 3.- Acompañando al enfermo deprimido

¿Cuál es la esencia de nuestra sociedad: el individuo o el grupo? Desde la posición de la psicología clásica se puede afirmar que el individuo sería el sujeto fundamental. No obstante, siguiendo a Bion, habría que primar al grupo sobre el individuo. Es decir, el grupo es el que moldea a la persona y la configura. Todos pertenecemos a una estructura grupal (familiar, laboral, social, etc.) Solamente se puede vivir en relación a un grupo, aceptándolo o rechazándolo, dependiendo de él o intentando independizarse del mismo, o bien esperando mágicamente que nos solucione todos nuestros problemas. Pero siempre el grupo será el que nos defina. Lo primero es el grupo, y este es el que da sentido y significado al individuo. El grupo no es solamente la suma de personas, sino que éstas además son configuradas por el grupo.

Uno es alguien (individuo distinto del que se sienta a nuestro lado) en tanto en cuanto pertenece a una familia concreta, a un barrio definido o a un grupo de amigos con características propias. Es más, somos así o de otra manera porque hemos vivido y nos hemos desarrollado en un grupo específico. El grupo, pues, constituye y da sentido al individuo, no a la inversa.

En nuestra cultura, la familia es el grupo por antonomasia que nos configura y nos estructura. Somos lo que es nuestra familia. De ahí su importancia y también su poder para la solución satisfactoria de cualquier adversidad de sus miembros. Por eso, ante la enfermedad depresiva, una familia cohesionada y respetuosa con el otro será un buen puntal para que la persona deprimida supere esa situación crítica. Sus miembros deben estar próximos, pero sin ahogar al otro; lejanos, pero sin olvidar al resto de la familia. Esto me recuerda la fábula del puerco espín.

La moraleja de esta historia es simple: la mejor relación no es aquella que une a personas perfectas, sino aquella en que cada individuo aprende a vivir con los defectos de los demás y admirar sus cualidades. Las familias que mejor funcionan son aquellas que saben mantener una equidistancia de los demás: ni demasiado cerca (para no pincharse) ni demasiado lejos (para poder darse calor unos con otros). Fue lo que hicieron los puercoespines, y por eso sobrevivieron.

Características del buen acompañamiento al familiar deprimido

Acompañar en el proceso depresivo, de alguna manera, es compartir el sufrimiento del sinsentido de esa situación. También aquí, como los puercoespines, debemos estar cerca para dar calor y apoyo a la persona deprimida, pero lo suficientemente lejos para que no nos ‘pinchemos’ y nos contagiemos de la angustia del otro. He aquí las características más significativas:

a) Crear un clima de confianza y seguridad. En muchas ocasiones, la persona que padece una depresión se siente incomprendida por los que le rodean. Piensa que el resto de la familia cree que es una manipuladora, o que exagera, o que pretende ser el centro de atención, etc. Y aunque la persona deprimida puntualmente pueda disfrutar de algunas ‘alegrías’ (la caricia de un nieto, una buena comida, etc.), eso no es óbice para seguir pensando que padece una enfermedad.

Una actitud sana ante el familiar deprimido es reforzar sus logros (levantase a una hora prudente, hacer las tareas domésticas, etc.) y también procurar objetivar la dimensión real de los problemas cotidianos. La persona deprimida tiende a vivir tan intensamente las contrariedades diarias (llegar tarde a una consulta, olvidarse de preparar la comida, etc.) que son una fuente de sufrimiento intenso.

También se debe permitir la exteriorización de los sentimientos, aunque sean muy negativos: muerte, suicidio, desesperación, aburrimiento, etc. El hecho mismo de poner palabra a esas vivencias ya es terapéutico.

b) Informar. Los familiares deben estar dispuestos a pedir información a los profesionales de la salud mental sobre el proceso depresivo, y estos deben ser solícitos a proporcionarla. De esta forma evitaremos que los mitos sobre la depresión dirijan el comportamiento familiar. 

También los familiares deberían informar a los profesionales de la salud mental de la evolución del familiar deprimido y las dificultades y posibilidades que contemplan para su total recuperación.

c) Metas realistas y cambios graduales. La recuperación de una enfermedad depresiva es un proceso y la curación no se produce de la mañana a la noche, sino que su evolución generalmente es en dientes de sierra: se van sucediendo días buenos, días menos buenos y días malos, hasta que se consigue “ese equilibrio inestable” que es la salud mental. Por tanto, los cambios son graduales, o, como decía mi viejo maestro de escuela, Don Fulgencio: “Así como una escalera no la podemos subir de una vez, sino escalón a escalón, también la vida tiene sus avances y retrocesos”.

Será preciso, pues, que nos planteemos metas realistas y no metas ambiciosas que no podamos cumplir. Así, a una persona que se levanta todos los días a las tres de la tarde no es muy realista proponerle que se levante al día siguiente a las nueve de la mañana (objetivo que no se cumplirá), sino que más bien habrá de ir reduciendo paulatinamente las horas de sueño.

# 4.- Favoreciendo la adherencia al tratamiento contra la depresión

Es la cuarta dimensión en que la familia puede ayudar a una persona deprimida. Pero, en primer lugar, debemos distinguir entre “cumplimiento” y “adherencia al tratamiento”. Lo primero hace referencia a la necesidad de realizar el tratamiento (sobre todo el farmacológico) según las estrictas indicaciones del médico. Aquí el enfermo es solamente un sujeto pasivo y un ejecutor de las prescripciones médicas, y la familia se convierte en la responsable de que el tratamiento se lleve a efecto. Sin embargo, la “adherencia” es algo más: implica no solo cumplir el tratamiento prescrito, sino también un cambio en el estilo de vida, si fuera preciso (incluso pudiera implicar un cambio en las relaciones sociales y familiares).

De esta forma, el enfermo es un agente activo de su proceso curativo y el sistema familiar se convierte en un facilitador de la curación. Es, pues, en este proceso dinámico donde la familia puede ayudar con su aliento, pero sobre todo con una actitud comprensiva de la enfermedad y de la respuesta al familiar deprimido.

Como bien indica la organización Mundial de la Salud (OMS), “la adherencia al tratamiento es el grado en que el comportamiento de una persona (tomar el medicamento, seguir un régimen alimentario y ejecutar cambios en el modo de vida) se corresponde con las recomendaciones de un prestador de la asistencia sanitaria”.

Así pues, la adherencia al tratamiento no solamente se refiere a las indicaciones médicas, sino también a las recomendaciones dadas por los profesionales de la salud en general.

# 5.- Depresión y adherencia al tratamiento

Según varios estudios, las personas que padecen una depresión tienen una baja adherencia al tratamiento, sobre todo al farmacológico. Y esto se incrementa si la persona de no tiene ningún vínculo familiar ni social o bien carece de algún apoyo emocional.

En un informe de la OMS se señala que “los datos sobre pacientes con depresión revelan que entre un 40 y un 70% se adhieren a los tratamientos antidepresivos”.

Hay que tener en cuenta que la enfermedad depresiva tiene tasas de recaídas y recurrencias muy altas. “Tras un primer episodio hay más de un 40% de recurrencia en un período de dos años. Tras dos episodios, el riesgo de recurrencia, en cinco años, es del 75 %. Además, el entre un 10 y un 30% de los pacientes tratados no tendrá una recuperación completa, persistiendo sintomatología o desarrollando una distimia (una forma leve, aunque crónica, de depresión)”.

Por todo esto podemos señalar, entre los riesgos de la no adherencia al tratamiento, las siguientes consecuencias: recaídas y recurrencias más frecuentes e intensas, mayor riesgo de suicidio y, consecuentemente, mayor discapacidad y sufrimiento del paciente deprimido y de la familia. En el caso de que no se tomara correctamente el tratamiento farmacológico (mayor o menor dosis de la prescrita, etc.) puede producir desde toxicidad a un menor resultado del tratamiento.

El documento de la OMS antes citado señala cinco dimensiones que favorecen la adherencia terapéutica: el equipo de salud, el tipo de enfermedad, la personalidad del paciente, el tratamiento prescrito y la situación socioeconómica y familiar.

Considero que, en el caso de la enfermedad depresiva, tres son los pilares fundamentales para favorecer una buena adherencia terapéutica: la actitud de los profesionales de la salud mental (psiquiatra, psicólogo, etc.), la personalidad del paciente deprimido y la actitud de la familia.

Cuanto mejor se establezca la alianza terapéutica (proximidad del profesional, clarificación de sus indicaciones, actitud comprensiva y explicativa del proceso depresivo, etc.), mayor posibilidad habrá de una buena adherencia al tratamiento.

En cuanto a la personalidad del enfermo, es evidente que las personalidades narcisistas (lo saben todo) o antisociales (están en contra de todo), por poner solo dos ejemplos, son las menos proclives a adherirse al tratamiento. Analizamos a continuación el tercer pilar: la actitud de la familia.

# 6.- Adherencia al tratamiento y familia de la persona deprimida

Respecto a la función del grupo familiar en este proceso de adherencia al tratamiento, es necesario, sobre todo, que la familia acepte a la persona deprimida, asumiendo que padece una enfermedad y que, por tanto, no está así porque quiere o porque no tiene voluntad para afrontar los conflictos diarios.

Además, hay que insistir en la necesidad de clarificar las creencias e ideas erróneas que el paciente puede sentir sobre la enfermedad depresiva (recordemos los mitos antes señalados), y por eso hay que ofrecer una información cualificada, veraz y adaptada a la propia familia para que esta pueda comprender lo que significa la enfermedad depresiva.

Asimismo, la familia tendrá que conocer e informar sobre los efectos secundarios de los fármacos y también de la importancia de un tratamiento psicoterapéutico.

No siempre la familia puede ayudar a una persona deprimida de forma adecuada. En muchas ocasiones, la atención a un enfermo crónico termina por agotar sobre todo al cuidador principal. Como me decía en una ocasión el esposo de una mujer con esclerosis en placas: “Mi situación es similar a abrazar un puercoespín y no querer pincharme”. Es decir, había llegado a una sobresaturación de angustia que cualquier acción, por pequeña que fuera, le producía sufrimiento.

Es lo que algunos autores han llamado la claudicación familiar, que se define como “la incapacidad de los familiares para ofrecer una respuesta adecuada a las múltiples demandas y necesidades del enfermo. Esta se refleja en la dificultad de mantener una comunicación positiva con el enfermo entre los miembros sanos y con el equipo de cuidados”. La crisis de claudicación familiar se da cuando los miembros de la familia, en su conjunto, son incapaces de dar una respuesta conveniente; puede ser un episodio momentáneo, temporal o definitivo.

Cuando la enfermedad depresiva se cronifica, también existe el peligro de que la familia claudique ante esa situación: sus miembros se muestran más intolerantes con el familiar deprimido, se irritan con mayor facilidad y existe el riesgo de que ellos mismos sufran una depresión. Incluso, en algún momento de mucho sufrimiento y desgaste, pueden sentir como una liberación la posible muerte del enfermo crónico.

En principio es preciso afirmar que, desde la psicología, es comprensible cierto malestar y cansancio ante la depresión crónica, y que se sienta el impulso de "tirar la toalla" y salir corriendo o, lo que es lo mismo, abandonar al familiar deprimido a su suerte. Ese sentimiento no es patológico; es anormal si lo llevamos a la práctica, recriminando al paciente su actitud, agrediéndole verbalmente por su pasividad, etc. Por tanto, podemos concluir diciendo que el sentir repulsa ante la persona deprimida no es patológico; lo irracional es cuando esa vivencia se refleja en conductas de abandono o de chantaje que pueden herir al otro.

ALEJANDRO ROCAMORA BONILLA
Psiquiatra y catedrático de Psicopatología


miércoles, 29 de abril de 2015

Del amor al suicidio todo es química

Todo es química.

El amor es química. El amor se siente por la acción en nuestro cuerpo de diferentes hormonas (la principal de las cuales es la oxitocina, por si sientes curiosidad). Y esas hormonas se segregan por la activación cerebral específica que viene mediada por unas sustancias llamadas neurotransmisores. Suena frío e incluso triste al leerlo así, con lo maravilloso que es el amor (casi siempre).

La ansiedad es química. La ansiedad es una respuesta adaptativa que nos es imprescindible para responder al estrés, lo cual era, a su vez, imprescindible para el hombre primitivo que fue nuestro antecesor, pero que se convierte en una lacra para el hombre moderno que no vive entre leones. Y esa respuesta de activación que necesitaban nuestros antepasados para luchar y huir se produce por la acción de varias hormonas (si sigues teniendo curiosidad, seguro que has oído hablar de la adrenalina y quizás hayas oído nombrar el cortisol). Y sí, esas hormonas también se generan por órdenes cerebrales que se transmiten a través de neurotransmisores. De nuevo un concepto frío, pero como a la ansiedad no le tenemos aprecio, al contrario que al amor, no nos importa tanto.

Y la depresión, por supuesto, también es química.

En la depresión no intervienen hormonas. No hay reacciones corporales producidas por sustancias que nos aceleran, nos exaltan o nos excitan (no pienses mal, que estaba hablando de la ansiedad). La depresión se produce en el cerebro y es la química cerebral lo que nos aletarga, entristece, desanima y nos quita las ganas de vivir.

Hace mucho que sabemos que algunas personas con síntomas de depresión tienen alteradas las respuestas de algunas vías de acción cerebrales controladas por la serotonina (¿Te acuerdas de los neurotransmisores que he nombrado antes? Pues la serotonina es uno de ellos).

Pero, ¿qué fue antes, el huevo o la gallina? Cuando estamos deprimidos provocamos en nuestro cerebro un déficit de serotonina o bien es el déficit de serotonina el que nos hace estar deprimidos? Es más, si la causa de la depresión fuera el déficit serotoninérgico (vaya palabreja, pero no me la he inventado, de verdad que se dice así), ¿por qué a algunas personas con síntomas de depresión se les corrige tomando fármacos que aumentan la serotonina libre en el cerebro y a otros no? Incluso hay muchos que se siente peor al tomar antidepresivos.

Hasta hace pocos años cuando ante un médico psiquiatra o un psicólogo se presentaba una persona con síntomas depresivos teníamos que diagnosticarlo a partir de la observación externa, su propia historia y sus respuestas conductuales y emocionales. Los clínicos con experiencia intentamos descubrir si los síntomas están asociados a una depresión primaria o reactiva. Eso es muy importante, porque normalmente sólo las depresiones primarias suelen reaccionar bien a los antidepresivos. Las depresiones reactivas son respuestas sintomáticas derivadas de otros problemas, normalmente psicológicos, que son el verdadero origen del trastorno y que al tratarlos hacen desaparecer los síntomas depresivos.

Saber si una depresión es primaria o reactiva requiere mucha experiencia, una buena capacidad de análisis y un gran conocimiento de la mente humana. Es como tratar de adivinar si un donut está relleno de chocolate o de crema sin poder abrirlo para comprobarlo (y sin la ayuda del cartelito delante de la bandeja que nos dice que contiene).

Y tú me preguntarás (y si no lo haces ya lo pregunto yo por ti): ¿Y con los avances científicos que existen no hay forma de hacer un diagnóstico de forma más objetiva? (Seguramente no lo hubieras preguntado de forma tan pomposa, pero captamos la idea, ¿no?)

Y yo te respondo: Sí, las hay. Pero las que existían hasta ahora, principalmente la resonancia magnética funcional (ya el nombre da miedo), son complejas y caras de aplicar.

Supongo que ya estarás sospechando que hay algo más, sino no tendría mucho sentido este artículo.

Una de las técnicas que hace muchos años que se conocen de análisis cerebral es el electroencefalograma, que consiste en medir el voltaje que se genera en la parte exterior del cráneo y que es la resultante de la actividad eléctrica que se generan en nuestro cerebro.

La electroencefalografía (a partir de ahora lo llamaré EEG, para abreviar, que se me cansan los dedos de tanto escribir) existe desde principios del siglo XX y se ha utilizado para diversos diagnósticos, sobre todo relacionados con daños cerebrales.

En la segunda mitad del siglo XX se pensó en crear bases de datos de EEGs de cerebros "sanos" para poder compararlas con los de personas afectadas de diferentes trastornos y problemas, pero aunque se obtuvo valiosa información, no fue determinante, ya que es difícil tener la certeza que una persona está realmente "sana" en todos los aspectos, puesto que existen muchos problemas cerebrales, tanto físicos como psicológicos, que están latentes hasta que un disparador ambiental los activa. Por otra parte, la diversidad cerebral se demostró difícil de estandarizar.

Pero (como tú, avezado lector, ya has sospechado) a finales del siglo XX y lo que llevamos del XXI el continuado trabajo sobre los EEG ha permitido obtener informaciones diagnósticas cada vez más útiles y fáciles de analizar.

Todo ello ha sido gracias al Neurofeedback, que ha permitido que muchos clínicos experimentados tuvieran acceso a EGGs y pudieran establecer correlaciones entre los síntomas, los diagnósticos y las ondas cerebrales.

Para quien no sepa lo que es el Neurofeedback, diré brevemente que es una técnica basada en el EEG, que se aplica tanto en la rehabilitación cognitiva en caso de daño cerebral, autismo, TDAH, envejecimiento cognitivo o demencias, como en la mejora personal, tanto profesional, como artística, intelectual o rendimiento escolar, y en el tratamiento de trastornos psicológicos como la ansiedad, depresión, obsesiones, fobias, etc.

Se basa el el condicionamiento operante (si no sabes lo que es, te lo explico en otra ocasión o lo puedes buscar en la Wiki, pero no te asustes si ves dibujos de ratas, que la técnica ha evolucionado mucho) para entrenar a la persona en la modificación de sus ondas cerebrales.

Algunos clínicos que llevan años trabajando con Neurofeedback se dieron cuenta que las personas con síntomas depresivos respondían a varios tipos de configuraciones del EEG. Una de ellas, la más evidente, se asociaba a varios desequilibrios hemisféricos (un hemisferio funciona con unas frecuencias dominantes diferentes a las del otro hemisferio) y (fíjate que cosas) se correspondía con las personas que mejor respondían al tratamiento con antidepresivos y que los clínicos diagnosticamos como depresiones primarias.

Y luego habían bastantes personas que aunque tenían síntomas depresivos no se manifestaban con el mismo tipo de desequilibrio hemisférico sino con otras manifestaciones menos visibles del EEG (normalmente, aparición o ausencia de algunas frecuencias concretas en diferentes zonas del cerebro) y correspondían a las personas que solemos diagnosticar con depresiones reactivas.

Así que ya sabes algunas cosas más sobre la depresión y la neurología. Lo que no sabes, y yo tampoco, es por qué una técnica tan efectiva como es el neurofeedback, tanto para el diagnóstico como para el tratamiento, que lleva desde el año 1960 aplicándose en EEUU y desde finales del siglo pasado en Hispanoamérica y Europa, apenas está implantada en nuestro país. Pero es que: España es diferente.

Una reflexión final, ¿Has pensado qué le ocurre a una persona con una depresión que le dura años y que a pesar de haber sido medicada, y cambiada la medicación en varias ocasiones, no se recupera? ¿Crees que es difícil que esa persona piense en el suicidio?

Es muy importante diagnosticar adecuadamente una depresión como primaria o reactiva, existen clínicos con experiencia capacitados para hacerlo y, además, hoy disponemos de herramientas neurológicas para ayudarnos en la tarea.

Es hora de usarlas.

Autora: Isabel Mª Ruiz, Neuropsicóloga www.neurofeedbackvalencia.es


domingo, 22 de febrero de 2015

"ESTOY DEPRIMIDO, ¿Y AHORA QUÉ?"

CONFERENCIA DE ALEJANDRO ROCAMORA EN EL TELÉFONO DE LA ESPERANZA DE VALENCIA


Dentro de los actos organizados con motivo del 43º Aniversario del Teléfono de la Esperanza de Valencia, el pasado día 13 de Febrero tuvo lugar una Conferencia de D. Alejandro Rocamora Bonilla, psiquiatra y Cofundador del Teléfono de la Esperanza. Alejandro está considerado, según la revista "Filosofía, hoy" como uno de los 50 autores más destacados e influyentes en nuestro pais sobre temas de desarrollo personal y autoayuda. Ya es una persona conocida y muy querida entre todos los amigos del TE de Valencia. 

Por eso, el Salón de Actos del Centro Arrupe, de nuevo registró un lleno de asistencia para escuchar su disertación sobre "La Depresión, Claves Psicológicas de ayuda personal y familiar". Fue eminentemente práctica y en ella el Dr. Rocamora se dedicó en primer lugar a hacer una radiografía del tema actualmente en España, para en una segunda parte dar una serie de pautas, realistas y posibles, sobre cómo ayudar a las personas de nuestro ámbito más cercano, cuando alguna de ellas se sumerge en el profundo pozo de la depresión. Destacó la importancia de la familia, tanto en la prevención como en la solución del problema. 

También puso el énfasis en que la depresión no es una forma de ser, sino una forma de estar en el mundo. Por lo tanto la depresión no es algo constituvo de la persona que determina su vida inevitablemente, sino que lo que existe son personas que padecen una depresión, con matices y características diferentes, según los casos. Podemos padecer una depresión, pero no somos depresivos. 





3 fueron las ideas básicas que intentó transmitir el Dr. Rocamora:
-La enfermedad es única e intransferible, por eso es falsa la sentencia de que "este paciente es de libro".
-La actitud de los familiares, amigos y del entorno cercano puede favorecer o entorpecer la superación de la enfermedad depresiva.
-El origen de la enfermedad depresiva es multifactorial, y consiguientemente su tratamiento también debe ser multimodal.

Alejandro Rocamora quiso transmitir un mensaje positivo y lleno de esperanza ante la depresión, en lugar de la angustia y sufrimiento que padecen las personas con depresión. En palabras de una persona deprimida la depresión es "la angustia de sentir que no siento nada". Pero según el conferenciante también puede ser "una oportunidad para dar un paso adelante en nuestras vidas y un refuerzo importante en los vínculos familiares y afectivos".

Al final de la conferencia, varios participantes expusieron sus dudas e inquietudes en un animado coloquio, siendo cerrada la sesión con un cálido y cerrado aplauso a Alejandro, por su sencillez y buen hacer para hacernos llegar la sensibilización necesaria ante tan importante tema. Precisamente, el último libro de Alejandro Rocamora lo aborda en profundidad, con el título que encabeza esta entrada de nuestro Blog: "Estoy deprimido, ¿Y ahora qué?" Después de esta magnífica conferencia ya conocemos mejor la respuesta.



lunes, 14 de julio de 2014

Depresión bipolar versus unipolar

A veces la depresión es simplemente un caso de melancolía, el que dura un par de días y luego desaparece. Pero las depresiones bipolares y unipolares son mucho más que sentirse deprimido de vez en cuando. Ambas traen consigo el riesgo de no ser capaz de funcionar en la vida diaria y la posibilidad del suicidio. Existen diferencias entre la depresión unipolar y la bipolar, y si tú o un ser querido está deprimido, querrás obtener un diagnóstico correcto. 



Depresión unipolar 

La depresión unipolar, a veces llamada depresión mayor, es diagnosticada cuando muestras cinco o más síntomas dedepresión durante un mínimo de dos semanas consecutivas, según el Instituto nacional de salud. Los síntomas de la depresión mayor pueden incluir: irritabilidad y agitación, dificultad para dormir o dormir en exceso, cambios de apetito, falta de energía, sentimientos de desesperanza o desamparo, sentirse inútil o culpable de manera inapropiada, abandono de las actividades normales y placenteras, pensamientos de suicidio y dificultad para concentrarse. Cuando tus episodios de depresión mayor desaparecen, te sientes y actúas normal. 


Depresión bipolar 

La depresión bipolar puede parecerse a la depresión unipolar, ya que tiene los mismos síntomas que duran por lo menos durante dos semanas. La diferencia entre la depresión unipolar y la bipolar es la manía. La manía es un estado de alta agitación o excitación placentera que no ocurre con la depresión unipolar. Según el Instituto nacional de salud mental, los periodos maníacos que acompañan al trastorno bipolar se alternan con estados depresivos profundos. Esto crea un efecto de ida y vuelta desde las manías elevadas hasta los niveles depresivos. 


Diagnóstico 

El diagnóstico de la depresión mayor o trastorno bipolar se basa en si existe un estado de manía presente. Un profesional de la salud mental te preguntará sobre tus síntomas, gravedad, duración y cuándo comenzaron. También te preguntará tus antecedentes familiares, tu historial médico y los medicamentos que te han recetado. Con la depresión, los profesionales de la salud también descartarán la existencia de enfermedades físicas subyacentes o condiciones que podrían estar causando o agravando los sentimientos dedepresión. 


Tratamiento para la depresión unipolar 

El tratamiento para la depresión unipolar implicará la ingesta de antidepresivos y también podría incluir la ingesta de un estabilizador del estado de ánimo o de antipsicóticos. La psicoterapia y los grupos de apoyo también son recomendables para tratar tus estados de ánimo depresivos. Los profesionales de la salud mental con frecuencia fomentarán los cambios en el estilo de vida, como evitar el alcohol y las drogas, realizar más ejercicio y modificar la dieta para ayudar a controlar los episodios depresivos o para reducir su efecto y duración. 


Tratamiento para el trastorno bipolar 

Si tu diagnóstico es trastorno bipolar, es posible que seas tratado con una combinación de un medicamento estabilizador del estado de ánimo y un antidepresivo, aunque para pacientes bipolares se recomienda precaución en el uso de este tipo de medicamento. A veces, las personas con trastorno bipolar también son tratadas con medicamentos antipsicóticos. Tu profesional de la salud mental también puede sugerir psicoterapia para ayudarte a lidiar de forma productiva con tus cambios de ánimo. Cambios de estilo de vida similares a los recomendados para las personas con depresión unipolar también son recomendados para el manejo del trastorno bipolar.




Escrito por Leslie Lane, Traducido por Paulo Gutierrez
http://www.ehowenespanol.com/depresion-bipolar-versus-unipolar-sobre_33540/