
Poco a poco fueron surgiendo otras organizaciones: Save the Children en 1919, centrada en los niños huérfanos; OXFAM en 1942, para socorrer a las víctimas de la hambruna griega; Amnistía Internacional en 1961, para denunciar a los gobiernos que encarcelaran a alguien sólo por sus opiniones o creencias (desde entonces, más de 30.000 personas han salido de la cárcel gracias a la presión de Amnistía Internacional).
En 1971, un pequeño grupo de médicos y periodistas fundó Médicos sin fronteras para dar asistencia a poblaciones en situaciones de crisis, sin discriminación por raza, religión o ideología política. Otras muchas organizaciones de ayuda humanitaria trabajan de hecho sin fronteras: Cáritas, Ayuda en Acción, Manos Unidas, Unicef, Acción contra el Hambre, SOS Racismo, el Teléfono de la Esperanza... Todas ellas están formadas por colaboradores anónimos que experimentan cada día el placer de ayudar.
Además, millones de personas anónimas ejercen la solidaridad callada en la sociedad actual: cuidadores de personas dependientes, de enfermos, inmigrantes que atienden los servicios que otros no quieren, personas y organizaciones que acogen a los que llegan en patera o a los que sufren de sida… Ellos son los samaritanos de hoy en las encrucijadas del dolor. ¿Qué los mueve?

Ayudar a los demás estimula zonas de nuestro cerebro asociadas al placer, las mismas que reaccionan ante estímulos gratificantes. Además, según investigaciones de la Universidad de Yale, la vida se prolonga entre cinco y ocho años si nos mantenemos activos física y mentalmente y si tenemos una actitud positiva, aspectos que están en la base de la cooperación y ayuda a los demás. Sentirse útil a cualquier edad y hacer algo por los demás es básico para la salud física y mental y para ser feliz.
Pedir ayuda a los demás puede resultar embarazoso para muchos; para algunos les resultará incluso una experiencia muy dolorosa pues, al hacerlo, manifestamos nuestra propia debilidad ante los demás y nos exponemos también a un eventual rechazo. Y sin embargo, a pesar de todos los miedos, prevenciones y recelos que podamos sentir, “deberíamos interiorizar que para la mayoría de los seres humanos es un alivio decir sí,” en palabras de Paulo Coelho.
Lo ha demostrado una investigación de la Universidad de Columbia: la mayoría de nosotros subestimamos cuán dispuestos están los demás a ayudarnos. Si pedimos a alguien que nos ayude, es mucho más incómodo y vergonzoso para él decir 'no' que lo que pensamos habitualmente. A veces llegamos incluso a poner el bienestar de los demás por encima de nuestro interés personal: somos capaces de beneficiar a otro, aunque ello nos cause una pérdida o un perjuicio, y ayudamos sin recibir ni esperar una recompensa.

El altruismo es algo básico en nuestro funcionamiento cerebral, codificado en nuestras neuronas, más que una cualidad moral que suprime los instintos egoístas. Una investigación más, publicada en Nature Neuroscience, demuestra que la gente no es altruista por el refuerzo que significa sentirse bien ayudando a alguien sino porque percibimos a los otros como parecidos a nosotros mismos. A diferencia de los recursos materiales, que son finitos, el placer de ayudar a los demás es inagotable. Por eso hay tanta gente que se inicia, le gusta… y repite.
HERMINIO OTERO
Periodista y escritor
No hay comentarios:
Publicar un comentario