
¿Es el amor un arte? Así es como comienza el capítulo primero del libro más conocido de Erich Fromm, “El arte de amar”. Y así, con una pregunta como ésta, el autor nos invita a reflexionar sobre el amor invitándonos a responder también a otras preguntas tales como: ¿qué significa amar? ¿qué es dar? ¿cómo desprendernos de nosotros mismos para experimentar ese sentimiento?
El libro fue escrito en 1956 y aun así leerlo resulta tremendamente actual. ¿Será porque a pesar de todos los adelantos tecnológicos que ha habido desde entonces nos encontramos todavía en pañales respecto al amor? o ¿será que no nos atrevemos a ponerlo en práctica? Al Amor, me refiero…y con mayúsculas…
Sea como sea y por lo que sea, me quedo con la idea del amor como un arte. El arte, la vida y el misterio del amor, que como el agua… se mueven en un flujo universal que en su esencia última es innombrable…

¿Por qué? podríais preguntarme. Pues bien, sencillamente porque –como bien dice el autor- la mejor manera de aprender la práctica del amor es practicándolo. Pero…como Fromm menciona ciertos requisitos imprescindibles para poner en práctica cualquier arte, pues precisamente por ahí propongo que empecemos. Es decir, os invito a lo siguiente:
primero vemos los requisitos prácticos necesarios para el dominio de un arte, que nos van a servir para todas las “artes”. Más adelante, en una segunda parte, nos centraremos en la “teoría” del arte amoroso, teoría que podremos integrar mejor desde la perspectiva que ya nos habrá dado la puesta en práctica de esos requisitos básicos. ¿Os animáis? ¿Sí? Pues… ¡manos a la obra!
En primer lugar, el autor nos dice que la práctica de un arte requiere disciplina, autodisciplina, sólo así podemos pasar del status de aficionado al de maestro.
En segundo lugar requiere concentración; nuestra vida moderna nos lleva a la dispersión, a hacer varias cosas a la vez, a no “estar” en ningún sitio (mientras wasapeo ¿quién sabe la de cosas que voy haciendo al mismo tiempo?) La falta de concentración nos lleva a tener dificultades para estar a solas con nosotros y nosotras mismas.

Para el hombre y la mujer modernos, según Fromm, es difícil practicar la paciencia, la concentración y la disciplina porque el tipo de sociedad en la que vivimos nos alienta precisamente a lo contrario: la rapidez, la dispersión, la satisfacción inmediata de nuestras necesidades.
Finalmente otra condición para aprender un arte es el de la preocupación suprema por el dominio del arte. Si el aprendizaje de ese arte no se convierte en algo de vital importancia, una vez más, según Fromm, el aprendiz nunca dejará de ser un simple aficionado. Entendamos esa preocupación en un sentido positivo, por ejemplo, si estamos empezando a poner en práctica todo esto, estamos ya pre-ocupándonos: preparando el terreno para poder plantar las semillas que vendrán después.

La práctica de la disciplina. Lo importante es que esos hábitos saludables que queremos instaurar en nuestra rutina diaria sean expresión de nuestra propia voluntad. Es decir, si alguien me los impone o me los impongo yo misma, como algo muy costoso y hasta doloroso, eso no es disciplina, es más bien tortura autoimpuesta. La disciplina bien entendida es un ejercicio de nuestra voluntad, debe ser algo que nos resulte agradable aunque al principio haya que superar ciertas resistencias. Empecemos a hablar del disfrute de nuestra propia disciplina. Cada cual que encuentre la fórmula que más le vaya, su propia receta.
La práctica de la concentración. Ciertamente estamos inmersos en una cultura que nos lo pone muy difícil. El paso para llegar a concentrarse es aprender a estar a solas consigo misma/o, sin leer, sin música, sin beber…Que las personas consigamos este poder estar solas con nosotras mismas es una condición indispensable para la capacidad de amar. Al respecto, sería positivo poder dedicar unos pocos minutos cada día a este ejercicio. Asimismo esta capacidad de concentración se trasladaría al resto de actividades: leer, charlar con alguien, contemplar un paisaje.
Aprender a concentrarse conlleva el hacerse sensible a uno mismo. Fromm nos pone el ejemplo de la madre que está atenta y concentrada en su hijo y por lo tanto, es capaz de detectar los cambios corporales, las exigencias, las angustias del niño o de la niña que tiene delante. De igual manera podemos ser sensibles a nosotros mismos: a nuestra sensación de cansancio, a nuestra tristeza o alegría, a nuestros pensamientos, a nuestra manera de movernos, a nuestros sueños, a nuestras aspiraciones, a nuestros anhelos más profundos.
Una vez logrado esto, ya estamos en condiciones de poder concentrarnos en la relación con los demás, estamos en condiciones de “escuchar” y de ser sensibles a otro ser humano. Fromm nos dice que la mayoría de las personas creen que escuchar con concentración es cansado y fatigoso. Él nos dice sin embargo que cualquier actividad que hagamos concentradamente tiene un efecto estimulante.

“Para tener una idea de lo que es la paciencia, basta con observar a un niño que aprende a caminar. Se cae, vuelve a caer, una y otra vez, y sin embargo sigue ensayando, mejorando, hasta que un día camina sin caerse.”
Todas y todos fuimos ese niño que aprendió a caminar con tesón y paciencia, todas y todos tenemos esa capacidad, esa fuerza que mucho tiempo atrás nos llevó a alcanzar y mantener el difícil equilibrio sobre nuestros dos pequeños pies. ¿Te animas a practicarlo de nuevo? ¿Con tus grandes pies de hoy?
Remeis Jiménez. Filósofa y Terapeuta Gestalt Integrativa, Colaboradora del T.E. de Valencia.
Fuente: El arte de amar. Erich Fromm, ed. Paidós, 2007.
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