miércoles, 25 de septiembre de 2019

Voy a hablar del suicidio.


Para los orientadores y psicólogos del Teléfono de la Esperanza hablar de suicidio implica hablar de sufrimiento. Detrás de cada llamada y de cada paciente atendido en consulta, donde se manifiesta el deseo de poner fin a la vida de forma voluntaria, somos testigos de la gran batalla que se está librando en el interior de esa persona. Y lo sabemos porque a nosotros nos lo muestran o sabemos detectarlo a las primeras señales.

El pasado diez de septiembre se celebró el Día Nacional del Suicidio y en nuestra sede tuvo lugar una conferencia de la mano de Elvira Vague, psicóloga clínica. En ella se intentó aportar más datos que nos ayuden a abordar con una mayor eficiencia los casos de intervención en crisis de suicidio.

En el Teléfono de la Esperanza intentamos mejorar y aprender cada vez más para poder realizar nuestra labor con la mayor profesionalidad.
De hecho, se ha creado un grupo de voluntarios formado por orientadores, psicólogos e interesados en el tema, que una vez a la semana abordan las cuestiones que se van planteando sobre el suicidio. Recaban la información de las personas atendidas y de las experiencias de cada uno, elaborando líneas de intervención que van a favorecer una mejor intervención en futuras actuaciones.

Si nuestra labor es ayudar a los que necesitan nuestra ayuda, no podemos obviar a aquellos que necesitándola no saben pedirla. No saber pedir ayuda no es lo mismo que no desearla. Esto último es una decisión desde la libertad de cada uno. Lo primero es estar perdido.

Cada cuarenta segundos se suicida una persona en el mundo y entre ocho y diez personas se suicidan en España cada día..

Y aún nos preguntamos, ¿tenemos que hablar del suicidio?

Considero que al no hacerlo estamos tapando una realidad existente.
¿Estaremos haciendo lo mismo que con el tema de los abusos sexuales en la infancia?
Por más que pasen los años algunos temas siguen siendo tabú.
Algunos temen que al hablar de suicidio se produzca un efecto rebote y los casos aumenten.
Y si esto fuese así, el hecho de no hablar de forma abierta ¿evitaría estos suicidios? Tal vez los retrasara, pero sabemos que del acto de suicidarse solo es responsable la persona que decide hacerlo.

¿Qué tendría que ocurrir para que fuese más visible esta realidad?
El ministerio de Sanidad ha prometido un Plan de Prevención para el Suicidio que todos esperamos que recoja medidas que ayuden a atender las necesidades de este colectivo.

Se habla de la puesta en funcionamiento de una línea telefónica para atender llamadas similar a la de nuestra organización.
Al igual que se ha hecho con la violencia de género, echamos de menos una campaña que de visibilidad de este problema, para que todos podamos aportar nuestro grano de arena ante una situación de riesgo de suicidio. Porque no solo los profesionales podemos ayudar, cualquier persona con la información adecuada puede contribuir en esta problemática.
Comprendamos que dentro de una persona que desea morir hay un infierno y una creencia de que nada puede cambiar. ¿Hay alguien que resista un infierno permanente?

¿Y si supieran que no es para siempre, que se puede salir de ahí?

Imagino un anuncio de televisión para concienciar a la sociedad, como el de los accidentes de tráfico llevados a cabo por la Dirección General de Tráfico, que nos mostrara esta tremenda situación.
El lema del anuncio podría ser: “¿Estás pensando en poner fin a tu vida? ¿No puedes más? o ¿No ves la salida? Aunque no lo creas, puedes salir de ahí. Pide ayuda”.

Este mensaje llegaría a muchas personas, que piensan en suicidarse y también a las que no se les pasa por la cabeza.
Y romperíamos con los mitos que hay sobre el suicidio: que si lo decimos animamos a hacerlo, que si no lo hace en serio es que en realidad no quiere , que es una llamada de atención, etc….

Dejemos de tapar lo evidente y sigamos trabajando y luchando para ayudar a vivir, que al fin y al cabo para eso hemos venido a este mundo. Y que la muerte nos llegue cuando corresponda.

Nosotros desde el Teléfono de la Esperanza seguiremos haciéndolo.

Autora: Maribel Ruiz, Psicóloga.

sábado, 2 de febrero de 2019

¿Por qué hablamos del tiempo en el ascensor?

Entrar en un ascensor es algo que hacemos casi a diario, sobre todo los que vivimos en un piso. Aunque sea algo muy cotidiano y rutinario sigue siendo para la mayoría de la gente una experiencia un tanto incómoda cuando tienes que compartir ese pequeño habitáculo con más gente.

Aparte de convertirse en un momento un poco claustrofóbico, la situación es rara porque muchas veces no sabes qué decir, qué cara poner o cómo colocarte. Es más, siempre que podemos –esto lo hacemos todos- corremos para poder cogerlo a solas y no tener que subir o bajar con nadie más. Qué tontería, ¿Verdad?. Pues la realidad es que esa incomodidad puede ser explicada por la psicología social y la psicología evolutiva.

Normalmente, cuando interactuamos con otra persona con la que no tenemos confianza, mantenemos una distancia socialmente adecuada, que suele ser de un brazo aproximadamente. Esto no es posible en un ascensor común y menos cuando hay más de dos personas y tenemos que ir apretados por obligación. Esto ya nos pone un poco nerviosos e inquietos porque no es nuestra tendencia natural.

Nuestro comportamiento entonces se vuelve extraño y suele consistir en mirar a la pantalla en la que se van reflejando los números de los pisos por los que vamos pasando, esperando con impaciencia a que llegue el nuestro. O bien, miramos al techo, al suelo, a la pared, a un cartel que ponga “300 kg 5 personas máximo”. Ahora la gente también recurre a su móvil aunque no esté mirando nada en concreto, pero puedes refugiarte en él y evitar el contacto visual con el resto de los pasajeros.

Pero, ¿Por qué queremos evitar ese contacto?

Parece ser que estas conductas de evitación que acabamos de describir responden a una reacción automática e instintiva grabada en nuestro cerebro tras miles de años de evolución. Según las investigaciones del psicobiólogo Dario Maestripieri de la Universidad de Chicago, las convivencias en lugares muy reducidos han sido sede de encuentros hostiles y violentos desde el origen de la humanidad.

Las personas podían desencadenar comportamientos agresivos y evitar el contacto ocular, que supone una protección frente a los otros y una manera de evitar esas posibles situaciones violentas. Como digo, esto tiene un origen evolutivo. Evidentemente en la actualidad esto no ocurre, pero seguimos usando ese mecanismo al igual que seguimos usando la ansiedad como alarma cuando creemos estar frente a un peligro.

Este investigador realizó un experimento con monos Reshus en la que comprobó que estos animales se comportan de manera muy parecida a como nos comportamos nosotros en espacios pequeños. Cuando se colocaban dos monos en un espacio reducido, tendían a ponerse cada uno en una esquina, lo más alejados posible. Se mueven con cuidado, evitando el contacto visual y evitando también reacciones que puedan indicar al otro que va a ser atacado o que se va a producir un momento violento.

Llega un momento en el que alguno de los monos le manda señales al otro de que no tiene nada que temer y de que no tienen ningunas intención hostil para con él. Los monos suelen enseñarse los dientes entre ellos como señal de amistad y de que todo está bien, de que no tienen intenciones de pelear. Este gesto de “enseñar” los dientes se considera el precursor evolutivo de nuestra sonrisa.

En el ascensor, nosotros también necesitamos llevar a cabo conductas de aproximación con las que romper el hielo y decir que vamos en son de paz. Puede ser sonreír o simplemente comentar: “Parece que hoy va a llover, ¿No?” Este simple gesto ya provoca que se liberen las tensiones entre los pasajeros o vecinos que viajan en el ascensor. El viaje incluso parece más corto.
La necesidad de socializar y de comunicación en los humanos es innata y nos ayuda a sobrevivir. A nadie le interesa si va a llover o si hace calor, lo que realmente nos interesa es que desaparezcan las inquietudes e instintivamente sabemos como hacerlo.

¿No te ha ocurrido alguna vez la situación de subirte a un ascensor con un desconocido y que este se ponga a hablar y a hablar y te cuente todo lo que ha hecho durante el día con todos los detalles? “He ido al médico y me ha dicho que coma más verdura y que deje de fumar, estos médicos nos lo están prohibiendo todo. Hoy tendré que comer ensalada y blablabla…”

La verdad es que tu vecino sabe que te importa poco lo que él ha hecho y tampoco espera recibir ningún consejo milagroso por tu parte. Simplemente es alguien que se ha sentido inseguro y coartado cuando has subido y está intentando mandarte señales para que calmes tu “potencial agresión”.


Ciertamente, es muy curioso conocer como a pesar de la gran evolución que ha tenido nuestra mente durante miles y miles de años, conservamos algunas huellas de nuestros antepasados que pueden explicar algunos de nuestros comportamientos actuales. Evidentemente, no todas las situaciones son iguales y hay conductas que hoy por hoy no se pueden predecir o no podemos explicar, pero ahí está la magia de la ciencia, ¡En seguir investigando para seguir explicando!

Fuente: http://lamenteesmaravillosa.com/por-que-hablamos-del-tiempo-en-el-ascensor/

viernes, 28 de diciembre de 2018

Conquistarse a uno mismo

El alumno preguntó al maestro:

¿Cuáles son las palabras más sabias que puede transmitirnos?

El maestro respondió:
Podréis superar casi cualquier dificultad recordando SÓLO DOS FRASES.

– ¿Cuáles?
– La primera: Lo que es, es. La segunda: Lo que no es, no es.

El maestro prosiguió:

– Son muchos los que malgastan su tiempo concentrándose en lo que no es, preocupados por cosas que no son reales. Si algo es real, si ES, ya se trate de un sentimiento como la ira o un hecho como un descenso en las ventas, es una pérdida de tiempo desear que no lo sea. Lo que podemos hacer si algo es REAL, es ACEPTARLO tal como ES, y después decidir si queremos emplear la energía necesaria en intentar modificarlo. Una vez decidido, hay que poner toda la energía en las acciones que emprender. Esto es básicamente todo lo que hace falta para tener éxito en los negocios y en la vida.

Controlarse, dominarse, y conquistarse a uno mismo, son las claves del éxito o de una gran ventaja al menos, para afrontar una vida más gratificante y asumible. El autocontrol nos convierte en triunfadores, pero un triunfador no es solo aquel que compite, sobrepasa, y gana a los demás. Es también el que consigue controlarse y empieza y finaliza consiguiendo logros personales sobre sí mismo, siendo capaz de modificar sus hábitos tóxicos o perjudiciales, y a la vez siendo lo suficientemente dueño de sus actos, para enfrentarse a sus limitaciones y corregir sus repetidos errores.

En muchas ocasiones, situaciones y personas son diferentes a lo que nos gustaría que fueran. Nuestras emociones responden por nosotros ante ciertas circunstancias, y evidentemente no podemos elegir la emoción a expresar, pero si podemos dirigir nuestras reacciones emocionales, regularlas , controlarlas o momentáneamente modificarlas y buscar un equilibrio anímico y sentimental adecuado para manifestar una respuesta correcta.

Para controlar nuestro comportamiento y acciones, debemos primeramente ser capaces de reconocer el momento de asumir el control. El autocontrol guarda mucha relación con escoger las palabras, el momento y la actitud adecuada para obtener los resultados que buscamos.

Trabajar el control emocional precisa paciencia, talento y práctica. Nos será de gran utilidad analizar nuestras intenciones y luego plantear estrategias para emplear las acciones y las palabras adecuadas.

Trabaja mentalmente como mantenerte la calma durante una crisis, plantéate situaciones en las que podrías haberte beneficiado expresando emociones positivas, pregúntate ¿esta situación es verdaderamente tan terrible? No podemos considerar ninguna situación en sí misma como un problema. Lo que las convierte en problema es la ineficacia de nuestra respuesta.

Fuente: http://lamenteesmaravillosa.com/conquistarse-a-uno-mismo/


jueves, 8 de noviembre de 2018

¿Que hemos hecho los Padres?

El País, abril 2015:
Un alumno de 13 años mata con una ballesta y un machete a un profesor.

Fue la edad, los 13 años del niño, la que me recordó lo que sigue. Lo escribí hace ya 17 años, pero que creo que puede seguir siendo útil para los padres de hoy. Sólo he añadido 4 palabras (que encuadro).

¿Qué hemos hecho?
Jaime Fúster Pérez,
Psicólogo

Esta es la pregunta que se hacía uno de los colaboradores de una conocida tertulia radiofónica, cuando al hablar de la Ley Penal del Menor en 1998, se sorprendía de que se viese como posiblemente penal la infantil edad de los trece años.

 ¿Qué hemos hecho los padres?

Sencillamente hemos abdicado.

Hemos abdicado de padres y pretendido ser amigos, sin pensar que los amigos se eligen y los padres se precisan.

Hemos abdicado de fijar los límites de acción de nuestros hijos a su propia voluntad del momento.

Hemos abdicado de enseñarles cómo es la vida para mostrarles solo postales de color rosa.

Hemos abdicado de mostrarles como es la sociedad con que se van a encontrar, para engañarles con una total tolerancia e incluso lo que es peor, sumisión a todos sus deseos.

Hemos abdicado de estimularles al esfuerzo, dándoles la merienda antes de que la pidieran, llevándoles la mochila del cole sin que se hagan conscientes del peso innecesario que le van metiendo.

Hemos abdicado de que aprendan a compartir y nos hemos sacado el caramelo de la boca para que ellos lo chuparan, cuando sólo había uno.

Hemos abdicado de mandar cuando se precisa, haciéndoles pensar que así sería en su futuro.

Hemos abdicado de permitirles que vivieran alguna frustración, apoyándonos en una teoría que estuvo en vigor en los EEUU hace veinte años y ya está absolutamente desprestigiada y obsoleta, sin caer en la cuenta de que en la vida vivimos tantas frustraciones que aprender a soportarlas o a resolverlas es imprescindible. Y que nosotros podemos enseñárselo progresivamente.

Hemos abdicado en el Colegio para que allí tomen la responsabilidad de su educación sin pensar que es algo permanente, constante y que precisa la colaboración máxima de todos cuantos en ella intervienen.  Incluso de forma sistemática les hemos dado la razón cuando nos han dicho: “El profe me tiene manía” y les hemos defendido, de forma en ocasiones agresiva frente a los profesores, sin querer pensar en que normalmente los profesores no tienen manía y normalmente también, los niños hacen normales trastadas..

Hemos abdicado en la Tele, Ordenador y Juegos Virtuales, para que les entretengan y tener así nosotros más libertad, más tiempo, sin pensar o lo que es peor sin dar importancia a lo que allí ven: Series que no por ser de dibujos dejan de ser terriblemente agresivas, películas con personajes amorales que presentados como atractivos y simpáticos van a ser modelos para nuestros hijos, olvidando que los niños aprenden por observación.

Si tienen un mínimo de paciencia hagan este análisis, vean en un día cuantas proyecciones hay en las que no salgan asesinatos, odios, violaciones, robos. Se asombrarán. Y eso no es la vida pero de eso se aprende y se pasa a considerar normal.

Hemos abdicado de... hemos abdicado en... nuestra lista podría seguir larga, larga...Quizás podamos reflexionar. Quizás aún nuestra abdicación no sea definitiva y podamos volver a ser padres.

Realmente nuestro tertuliano se seguirá preguntando:
“¿Que hemos hecho?”

Valencia 1998-2015

jaimefp@gmail.com

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Cómo ayudar a una persona deprimida

Pedro tiene 60 años y su mujer, 58. Ella padece una depresión desde hace varias décadas. Fundamentalmente ha seguido un tratamiento farmacológico, pues siempre se ha negado a un tratamiento psicoterapéutico. Pedro se siente agotado por esta situación:

“Cuando llego a casa y encuentro a mi mujer deprimida, en la cama, se me cae el mundo encima. No sé cómo comportarme con ella: si le animo para que salga de casa dice que no le comprendo, pero si le dejo hacer lo que quiere, cada vez se hunde más en su tristeza... Temo que voy a terminar como ella”.

Pedro es uno de esos miles de familiares que conviven con un enfermo de depresión y que se sienten desorientados porque no saben cómo ayudar a una persona deprimida. Son los personajes secundarios del drama de esta enfermedad, que a veces pasan inadvertidos e ignorados incluso para los profesionales (psicólogos y psiquiatras). Son también una minoría que precisan de nuestra atención.

Cuando alguien está deprimido, provoca que su estructura familiar se tiña de tristeza y melancolía, y que los más allegados se sientan confusos ante esa nueva experiencia. Es difícil comprender, como es el caso de Pedro, que una familia tenga de todo: salud, buena posición económica, unos hijos encantadores y, sin embargo, aparezca el fantasma de la depresión, pues la enfermedad depresiva no se explica con razones, ya que es una alteración del mundo emocional, y por eso la única aproximación válida a las personas deprimidas es la comprensión y el afecto.

La depresión crónica puede crear una gran tensión en los allegados y, consecuentemente, producir hostilidad, irritabilidad y, en el peor de los casos, culpabilidad. Existen numerosas familias que, como el protagonista de nuestra historia, Pedro, necesitan de un alto grado de paciencia, tacto y generosidad para crear un clima acogedor para que el enfermo no se hunda en su propia tristeza.

como ayudar a una persona deprimidaPor eso, mantener el equilibrio entre las demandas de la persona deprimida y las propias necesidades de los familiares es difícil, pero imprescindible para no sentirse arrastrado por el torbellino de la depresión. Es preciso, pues, mantener una “distancia amorosa” con el enfermo. No podemos caer en la trampa de los juicios negativos del familiar deprimido (referido a sí mismo, al futuro y al mundo circundante), sino relativizar esos comportamientos, y contemplarlos como fruto de la propia enfermedad.

La familia puede ser el motor que posibilite la recuperación de la persona que padece una depresión. Para conseguir esto, la familia debería actuar en cuatro dimensiones: detectando los síntomas, conteniendo la angustia, acompañando al paciente deprimido y favoreciendo la adherencia al tratamiento.

# 1.- Detectando los síntomas de la depresión

Así como una enfermedad física se puede diagnosticar por sus síntomas: dolor, fiebre, malestar general, mareos, etc., la enfermedad depresiva también se puede detectar a través de síntomas y comportamientos más o menos encubiertos. Cuanto más atentos estemos a la conducta de nuestros allegados, antes podremos observar si existe algún indicio de depresión y de esta forma posibilitar un tratamiento inmediato.

En general, se puede decir que la depresión se manifiesta por síntomas fisiológicos y psíquicos, mantenidos al menos durante un mes (insomnio, falta de apetito, pérdida de la atención y concentración, etc.), pero sobre todo por alteración de la esfera afectiva. Son ‘señales de humo’ (síntomas) que nos indican que hay ‘fuego’ (depresión).

Los familiares pueden servirse de las tres preguntas del test que se emplea para saber si una persona está deprimida. Es decir, si la respuesta a las tres preguntas es afirmativa, podremos al menos sospechar de la posibilidad de una enfermedad depresiva y consultar a un profesional de la psicología. Las tres preguntas en cuestión son las siguientes:

→  Durante el pasado mes, ¿has sufrido con mucha frecuencia la sensación de estar triste o desesperado?

→  Durante el pasado mes, ¿has sufrido, de manera continua, pérdida de interés o del placer que le provocaba realizar ciertas actividades?

→  Durante el pasado mes, ¿has pensado o has sentido deseos de dejar de vivir?

Es evidente que todos los miembros del sistema familiar deben estar atentos a los cambios que se pueden producir en alguno de sus miembros, pues de alguna manera todos se pueden beneficiar del bienestar del resto. Lo que no es aceptable es negar la evidencia (graves síntomas de tristeza, ideas de muerte, falta de conexión con las situaciones y actividades que antes producían placer, etc.) No porque se niegue el problema se soluciona. Para ilustrar esta idea podemos recordar la fábula de la zorra y las uvas de Esopo.

Moraleja: no podemos descalificar ni negar todo aquello que no podemos conseguir. Negando la realidad (las uvas eran grandes y jugosas), no con ello saciamos nuestra necesidad. De la misma manera, negando que nuestro familiar tiene comportamientos anómalos (tristeza, falta de concentración, apatía, etc.), no por ello va a estar bien.

# 2.- Conteniendo la angustia del deprimido

El Diccionario de la Real Academia Española define la contención como “acción de contener; siendo contener reprimir o sujetar el movimiento o impulso de un cuerpo, y, de forma figurada, reprimir o moderar una pasión”.

En el encuadre terapéutico, la contención “es el proceso mediante el cual podemos percibir la ansiedad (propia y ajena), notar que remueve en nosotros viejos conflictos, pero no pasar directamente a la acción".

Es decir, en nuestro caso, las familias contienen en tanto en cuanto evitan que las personas deprimidas se descompensen y que ellas mismas no se desborden al convivir con un familiar deprimido. Por eso podemos afirmar que la contención tiene un doble objetivo: respecto al enfermo identificado y respecto al resto de la familia.

Contener es algo más que ser un mero receptáculo del sufrimiento del otro. No es solamente ‘tragarse’ el conflicto del familiar con depresión. Es lo que hacemos cuando, desde una “posición de sanos”, criticamos las conductas, damos consejos o soluciones enlatadas. Algo así como 'vender un producto' sin ninguna connotación emocional o afectiva. 

En muchas ocasiones, lo que esconde esta actitud es nuestra propia fragilidad y falta de empatía para comprender el sentimiento del familiar deprimido. Por eso, una adecuada contención parte del propio conocimiento de nuestro familiar (de sus posibilidades y sus límites) y de darle la oportunidad para que explique de manera tranquila, clara y sin meterle prisa toda la dimensión del problema, permitiéndole la expresión de sus sentimientos más negativos, aunque esto nos produzca angustia.

Por nuestra parte, evitaremos responderle con los tópicos como “esto se pasará muy pronto”, “debes poner de tu parte” o “sal y distráete”, de uso tan frecuente.

Es recomendable que, durante el episodio depresivo, el enfermo evite tomar decisiones importantes (separarse, cambiar de trabajo, etc.), dado que la posibilidad de equivocarse es muy grande. En esas circunstancias, la persona deprimida, inmersa en su sentimiento de tristeza, no está en la mejor posición para elegir la alternativa más adecuada.

Y, en todo caso, dependiendo de la gravedad de la situación, le aconsejaremos consultar con un profesional de la salud mental (psicólogo o psiquiatra).
como ayudar a una persona deprimida

# 3.- Acompañando al enfermo deprimido

¿Cuál es la esencia de nuestra sociedad: el individuo o el grupo? Desde la posición de la psicología clásica se puede afirmar que el individuo sería el sujeto fundamental. No obstante, siguiendo a Bion, habría que primar al grupo sobre el individuo. Es decir, el grupo es el que moldea a la persona y la configura. Todos pertenecemos a una estructura grupal (familiar, laboral, social, etc.) Solamente se puede vivir en relación a un grupo, aceptándolo o rechazándolo, dependiendo de él o intentando independizarse del mismo, o bien esperando mágicamente que nos solucione todos nuestros problemas. Pero siempre el grupo será el que nos defina. Lo primero es el grupo, y este es el que da sentido y significado al individuo. El grupo no es solamente la suma de personas, sino que éstas además son configuradas por el grupo.

Uno es alguien (individuo distinto del que se sienta a nuestro lado) en tanto en cuanto pertenece a una familia concreta, a un barrio definido o a un grupo de amigos con características propias. Es más, somos así o de otra manera porque hemos vivido y nos hemos desarrollado en un grupo específico. El grupo, pues, constituye y da sentido al individuo, no a la inversa.

En nuestra cultura, la familia es el grupo por antonomasia que nos configura y nos estructura. Somos lo que es nuestra familia. De ahí su importancia y también su poder para la solución satisfactoria de cualquier adversidad de sus miembros. Por eso, ante la enfermedad depresiva, una familia cohesionada y respetuosa con el otro será un buen puntal para que la persona deprimida supere esa situación crítica. Sus miembros deben estar próximos, pero sin ahogar al otro; lejanos, pero sin olvidar al resto de la familia. Esto me recuerda la fábula del puerco espín.

La moraleja de esta historia es simple: la mejor relación no es aquella que une a personas perfectas, sino aquella en que cada individuo aprende a vivir con los defectos de los demás y admirar sus cualidades. Las familias que mejor funcionan son aquellas que saben mantener una equidistancia de los demás: ni demasiado cerca (para no pincharse) ni demasiado lejos (para poder darse calor unos con otros). Fue lo que hicieron los puercoespines, y por eso sobrevivieron.

Características del buen acompañamiento al familiar deprimido

Acompañar en el proceso depresivo, de alguna manera, es compartir el sufrimiento del sinsentido de esa situación. También aquí, como los puercoespines, debemos estar cerca para dar calor y apoyo a la persona deprimida, pero lo suficientemente lejos para que no nos ‘pinchemos’ y nos contagiemos de la angustia del otro. He aquí las características más significativas:

a) Crear un clima de confianza y seguridad. En muchas ocasiones, la persona que padece una depresión se siente incomprendida por los que le rodean. Piensa que el resto de la familia cree que es una manipuladora, o que exagera, o que pretende ser el centro de atención, etc. Y aunque la persona deprimida puntualmente pueda disfrutar de algunas ‘alegrías’ (la caricia de un nieto, una buena comida, etc.), eso no es óbice para seguir pensando que padece una enfermedad.

Una actitud sana ante el familiar deprimido es reforzar sus logros (levantase a una hora prudente, hacer las tareas domésticas, etc.) y también procurar objetivar la dimensión real de los problemas cotidianos. La persona deprimida tiende a vivir tan intensamente las contrariedades diarias (llegar tarde a una consulta, olvidarse de preparar la comida, etc.) que son una fuente de sufrimiento intenso.

También se debe permitir la exteriorización de los sentimientos, aunque sean muy negativos: muerte, suicidio, desesperación, aburrimiento, etc. El hecho mismo de poner palabra a esas vivencias ya es terapéutico.

b) Informar. Los familiares deben estar dispuestos a pedir información a los profesionales de la salud mental sobre el proceso depresivo, y estos deben ser solícitos a proporcionarla. De esta forma evitaremos que los mitos sobre la depresión dirijan el comportamiento familiar. 

También los familiares deberían informar a los profesionales de la salud mental de la evolución del familiar deprimido y las dificultades y posibilidades que contemplan para su total recuperación.

c) Metas realistas y cambios graduales. La recuperación de una enfermedad depresiva es un proceso y la curación no se produce de la mañana a la noche, sino que su evolución generalmente es en dientes de sierra: se van sucediendo días buenos, días menos buenos y días malos, hasta que se consigue “ese equilibrio inestable” que es la salud mental. Por tanto, los cambios son graduales, o, como decía mi viejo maestro de escuela, Don Fulgencio: “Así como una escalera no la podemos subir de una vez, sino escalón a escalón, también la vida tiene sus avances y retrocesos”.

Será preciso, pues, que nos planteemos metas realistas y no metas ambiciosas que no podamos cumplir. Así, a una persona que se levanta todos los días a las tres de la tarde no es muy realista proponerle que se levante al día siguiente a las nueve de la mañana (objetivo que no se cumplirá), sino que más bien habrá de ir reduciendo paulatinamente las horas de sueño.

# 4.- Favoreciendo la adherencia al tratamiento contra la depresión

Es la cuarta dimensión en que la familia puede ayudar a una persona deprimida. Pero, en primer lugar, debemos distinguir entre “cumplimiento” y “adherencia al tratamiento”. Lo primero hace referencia a la necesidad de realizar el tratamiento (sobre todo el farmacológico) según las estrictas indicaciones del médico. Aquí el enfermo es solamente un sujeto pasivo y un ejecutor de las prescripciones médicas, y la familia se convierte en la responsable de que el tratamiento se lleve a efecto. Sin embargo, la “adherencia” es algo más: implica no solo cumplir el tratamiento prescrito, sino también un cambio en el estilo de vida, si fuera preciso (incluso pudiera implicar un cambio en las relaciones sociales y familiares).

De esta forma, el enfermo es un agente activo de su proceso curativo y el sistema familiar se convierte en un facilitador de la curación. Es, pues, en este proceso dinámico donde la familia puede ayudar con su aliento, pero sobre todo con una actitud comprensiva de la enfermedad y de la respuesta al familiar deprimido.

Como bien indica la organización Mundial de la Salud (OMS), “la adherencia al tratamiento es el grado en que el comportamiento de una persona (tomar el medicamento, seguir un régimen alimentario y ejecutar cambios en el modo de vida) se corresponde con las recomendaciones de un prestador de la asistencia sanitaria”.

Así pues, la adherencia al tratamiento no solamente se refiere a las indicaciones médicas, sino también a las recomendaciones dadas por los profesionales de la salud en general.

# 5.- Depresión y adherencia al tratamiento

Según varios estudios, las personas que padecen una depresión tienen una baja adherencia al tratamiento, sobre todo al farmacológico. Y esto se incrementa si la persona de no tiene ningún vínculo familiar ni social o bien carece de algún apoyo emocional.

En un informe de la OMS se señala que “los datos sobre pacientes con depresión revelan que entre un 40 y un 70% se adhieren a los tratamientos antidepresivos”.

Hay que tener en cuenta que la enfermedad depresiva tiene tasas de recaídas y recurrencias muy altas. “Tras un primer episodio hay más de un 40% de recurrencia en un período de dos años. Tras dos episodios, el riesgo de recurrencia, en cinco años, es del 75 %. Además, el entre un 10 y un 30% de los pacientes tratados no tendrá una recuperación completa, persistiendo sintomatología o desarrollando una distimia (una forma leve, aunque crónica, de depresión)”.

Por todo esto podemos señalar, entre los riesgos de la no adherencia al tratamiento, las siguientes consecuencias: recaídas y recurrencias más frecuentes e intensas, mayor riesgo de suicidio y, consecuentemente, mayor discapacidad y sufrimiento del paciente deprimido y de la familia. En el caso de que no se tomara correctamente el tratamiento farmacológico (mayor o menor dosis de la prescrita, etc.) puede producir desde toxicidad a un menor resultado del tratamiento.

El documento de la OMS antes citado señala cinco dimensiones que favorecen la adherencia terapéutica: el equipo de salud, el tipo de enfermedad, la personalidad del paciente, el tratamiento prescrito y la situación socioeconómica y familiar.

Considero que, en el caso de la enfermedad depresiva, tres son los pilares fundamentales para favorecer una buena adherencia terapéutica: la actitud de los profesionales de la salud mental (psiquiatra, psicólogo, etc.), la personalidad del paciente deprimido y la actitud de la familia.

Cuanto mejor se establezca la alianza terapéutica (proximidad del profesional, clarificación de sus indicaciones, actitud comprensiva y explicativa del proceso depresivo, etc.), mayor posibilidad habrá de una buena adherencia al tratamiento.

En cuanto a la personalidad del enfermo, es evidente que las personalidades narcisistas (lo saben todo) o antisociales (están en contra de todo), por poner solo dos ejemplos, son las menos proclives a adherirse al tratamiento. Analizamos a continuación el tercer pilar: la actitud de la familia.

# 6.- Adherencia al tratamiento y familia de la persona deprimida

Respecto a la función del grupo familiar en este proceso de adherencia al tratamiento, es necesario, sobre todo, que la familia acepte a la persona deprimida, asumiendo que padece una enfermedad y que, por tanto, no está así porque quiere o porque no tiene voluntad para afrontar los conflictos diarios.

Además, hay que insistir en la necesidad de clarificar las creencias e ideas erróneas que el paciente puede sentir sobre la enfermedad depresiva (recordemos los mitos antes señalados), y por eso hay que ofrecer una información cualificada, veraz y adaptada a la propia familia para que esta pueda comprender lo que significa la enfermedad depresiva.

Asimismo, la familia tendrá que conocer e informar sobre los efectos secundarios de los fármacos y también de la importancia de un tratamiento psicoterapéutico.

No siempre la familia puede ayudar a una persona deprimida de forma adecuada. En muchas ocasiones, la atención a un enfermo crónico termina por agotar sobre todo al cuidador principal. Como me decía en una ocasión el esposo de una mujer con esclerosis en placas: “Mi situación es similar a abrazar un puercoespín y no querer pincharme”. Es decir, había llegado a una sobresaturación de angustia que cualquier acción, por pequeña que fuera, le producía sufrimiento.

Es lo que algunos autores han llamado la claudicación familiar, que se define como “la incapacidad de los familiares para ofrecer una respuesta adecuada a las múltiples demandas y necesidades del enfermo. Esta se refleja en la dificultad de mantener una comunicación positiva con el enfermo entre los miembros sanos y con el equipo de cuidados”. La crisis de claudicación familiar se da cuando los miembros de la familia, en su conjunto, son incapaces de dar una respuesta conveniente; puede ser un episodio momentáneo, temporal o definitivo.

Cuando la enfermedad depresiva se cronifica, también existe el peligro de que la familia claudique ante esa situación: sus miembros se muestran más intolerantes con el familiar deprimido, se irritan con mayor facilidad y existe el riesgo de que ellos mismos sufran una depresión. Incluso, en algún momento de mucho sufrimiento y desgaste, pueden sentir como una liberación la posible muerte del enfermo crónico.

En principio es preciso afirmar que, desde la psicología, es comprensible cierto malestar y cansancio ante la depresión crónica, y que se sienta el impulso de "tirar la toalla" y salir corriendo o, lo que es lo mismo, abandonar al familiar deprimido a su suerte. Ese sentimiento no es patológico; es anormal si lo llevamos a la práctica, recriminando al paciente su actitud, agrediéndole verbalmente por su pasividad, etc. Por tanto, podemos concluir diciendo que el sentir repulsa ante la persona deprimida no es patológico; lo irracional es cuando esa vivencia se refleja en conductas de abandono o de chantaje que pueden herir al otro.

ALEJANDRO ROCAMORA BONILLA
Psiquiatra y catedrático de Psicopatología


jueves, 15 de junio de 2017

10 maneras de dar amor para que lo sientan

El Amor mueve el mundo”, una frase tan cierta como el mismo hecho de que estamos vivos. Todos podemos soportar las condiciones más adversas porque somos más fuertes de lo que nosotros mismos creemos, pero cuando sentimos que nadie nos quiere…entonces no soportamos ni el más leve de los acontecimientos adversos que puedan ocurrirnos. Y es que realmente El Amor mueve el mundo”.
¿Cuántas veces te ha pasado que has acudido al médico con una gran preocupación y con dos palabras y un gesto de cariño te ha sanado mejor que cualquier medicina?
Eso es Amor. Dar y entregar, reconfortar. Cariño por sus pacientes, por su vocación humanitaria de ayuda a los demás y de respeto a su trabajo.
¿Cuántas veces no viniste del colegio llorando con un gran “problema” visto por los ojos de un niño y tu madre te consoló con las palabras que sólo una madre sabe, mientras te preparaba una tila para aplacarte el disgusto, esa tila que te sabía a gloria? Eso es Amor.
-¿No has tenido alguna vez un profesor que no consentía que ningún compañero se riera de otro en su presencia o que no a provechaba su situación de “poder” sobre sus alumnos para regañar, ridiculizar…sin motivo alguno? Eso es Amor.
-¿No te ha pasado que cuando dejaste de creer en el Amor apareció una persona que te ha demostrado que el amor de pareja es posible y aunque no sea eso que te habías imaginado?
-¿Cuántas veces no te has encontrado en tu trabajo una persona con malas intenciones pero ha aparecido otra que te ha ayudado? Eso es Amor.
El amor tiene muchas maneras de vestirse pero su cuerpo, si lo desnudas, siempre es el mismo. Siempre tiene unos labios para besar, unos brazos para abrazar, unas manos para acariciar, una espalda para proteger y unas piernas para actuar.
Cuando hay Amor se percibe, se siente. Ya lo decía la famosa canción “Love is in the air” “El Amor está en el aire”; es difícil de explicar pero fácil de sentir y de entender cuando anda a nuestro alrededor. Todos queremos sentir Amor pero también los demás quieren sentir lo mismo.

¿Cómo podemos hacer nosotros para que los demás perciban nuestro Amor?

Pues si quieres practicarlo te damos algunos ingredientes para que diseñes tú mismo la receta:

1. Las frases de toda la vida nunca están de más. Es necesario decir “Te quiero”.
2. Elogiar a las personas es muy importante. Si alabas los logros de un niño pequeño diciéndole “¡Pero que dibujo tan precioso”, le dices a tu madre ¡Mamá la comida que haces no tiene igual! O le dices a un ancianita ¡Pero si yo lo veo estupendamente, lo guapetona que está usted todavía seguro que en su tiempo volvía loca a los hombres!….Contribuiremos a elevar la autoestima de esas personas, en el caso de los niños estaremos ayudando a construir una personalidad sana y en el contrapuesto en el caso de los mayores le aportaremos la confianza que quizás tenían perdida.
3. Dedícale tiempo a las personas. Si de un modo u otro estás con ellos aunque sea por una llamada telefónica, un contacto por webcamb o visitándolos cuando puedas.
4Toca, abraza, acaricia. El contacto físico es un poderoso bálsamo de Amor.
5. Sonríe, sonríe y sonríe.
6. Actúa desinteresadamente. Cuando realmente no esperamos nada a cambio los demás se dan cuenta del Amor que estamos dando de verdad.
7. Enseña de forma paciente. Si pierdes la paciencia enseñando algo a tu madre, a tu hijo o a tu marido hazlo con gracia. Ríete. Les harás ver que los quieres.
8. Recuerda no hace falta el dinero para demostrar afecto. Comprar muchas cosas no sirven de nada si realmente la persona no se siente querida.
9. Otros gestos que demuestran cuanto los quieres es hacerle su comida favorita, poner fotos de ellos en casa, preguntarles su opinión etc…
10. El infalible abrazo...es más potente que un beso. Deja que se acurruquen entre tus brazos.

Fuente: http://lamenteesmaravillosa.com/10-maneras-de-dar-amor-para-que-lo-sientan/

domingo, 9 de octubre de 2016

APERTURA DEL CURSO EN EL TELÉFONO DE LA ESPERANZA DE VALENCIA CON ELIA ROCA

Aunque el Teléfono de la Esperanza de Valencia funciona ininterrumpidamente durante todo el año, incluidos los meses de verano, las actividades de promoción de la salud emocional que hacemos (Cursos, Talleres, etc) se suspenden en Junio y las reanudamos en Septiembre. También muchos voluntarios marchan de vacaciones y Septiembre es el mes de la vuelta a lo cotidiano y del reencuentro con todos los amigos y compañeros. Por eso tradicionalmente nos gusta celebrar el reencuentro de los voluntarios y voluntarias del Teléfono de la Esperanza de Valencia, con energías renovadas, dando el pistoletazo de salida a todas las actividades que realizaremos a lo largo del presente curso.

Este año la Fiesta del reencuentro del Teléfono de la Esperanza de Valencia tuvo lugar el pasado 26 de Septiembre. Consistió en un saludo del Presidente del Teléfono de la Esperanza de Valencia, Ángel Madrid, que aprovecho para hacer un breve repaso a lo realizado durante el año y a las novedades que se nos presentan en el curso actual.

A continuación tomo la palabra nuestra compañera y colaboradora Elia Roca, Psicóloga, durante más de dos décadas en el Servicio Valenciano de salud (Clínico-Malvarrosa), autora de diversos libros sobre autoestima, habilidades sociales y terapia cognitivo-conductual, (Ver Libros), que nos ilustró con una conferencia sobre: Autoestima, Habilidades Sociales y Relación de Ayuda.

Elia destacó la importancia de la autoestima y las habilidades sociales, consideradas como actitudes deseables hacia uno mismo y hacia los demás, en el buen funcionamiento psicológico.

Revisó los problemas con el concepto tradicional de la autoestima, que equiparaba la autoestima deseable con la alta autoestima, y los estudios que muestran como el fomento indiscriminado de la alta autoestima, ha favorecido el narcisismo.

Defendió la conceptualización de la autoestima sana como actitud deseable hacia uno mismo, que incluye pensamientos (realistas), sentimientos y conductas deseables. Y los diferentes problemas de autoestima, como la autoestima narcisista, la autoestima contingente (condicional) y la baja autoestima.

Explicó su visión de las habilidades sociales que incluye la asertividad (expresión de una sana autoestima al relacionarnos con otros) y la empatía (relacionada con el respeto y cuidado de la autoestima de los otros).

Finalmente destacó el papel central de la autoestima y de las habilidades sociales en muchos problemas psicológicos, así como algunas formas de ayudar a manejarlos.

Esta conferencia, que forma parte de la formación contínua del voluntariado, nos dio mas herramientas para poder realizar nuestra labor con mayor calidad.

Luego se dio paso a una cena fría donde todos los voluntarios y colaboradores pudimos intercambiar las vivencias del verano y enfocar con energías el nuevo curso 2016-17.


martes, 14 de junio de 2016

SESIÓN DE CINE AMIGOS DEL TELÉFONO DE LA ESPERANZA (AMITES SAGUNTO)

SESIÓN DE CINE

El próximo lunes, día 20 de junio, a las 18 ho
ras, en el salón Parroquial de la Iglesia de El Salvador ,y patrocinado por AMIGOS DEL TELÉFONO DE LA ESPERANZA (AMITES SAGUNTO) se proyectará la película EL BECARIO ( DE Robert de Niro)

Hará la presentación y coordinará el coloquio DANIEL MOLINS Graduado en Psicología, miembro del Cine-Fórum Atalant y del Aula de Cine de la Universidad de Valencia.

EL BECARIO es una película llena de valores, amena y divertida apta para todas las edades. Transmite un mensaje de esperanza

ENTRADA GRATUITA

LUNES DIA 20 de Junio A LAS 18:00h

Local parroquial Iglesia de El Salvador